Después supe no había olvidado mi deseo, y que alguna que otra vez recordaba Ninay al castila de las balbas, nombre con el que me conocían en toda la contra-costa.

En Atimonan recibimos el correo, este sale de Tayabas con dirección á Pagbilao los viernes; de aquel punto cruza toda la provincia, yendo á Atimonan, y de aquí sigue por toda la contra-costa á buscar á Calauad, para internarse después en la provincia de Camarines, y de aquí á Albay. La línea de inspección del correo de Manila á Albay termina en Tayabas; el conductor llega hasta este pueblo, en donde espera, quedando la correspondencia á merced de Dios y del servicio personal de los muchísimos pueblos que tiene que recorrer hasta llegar á Albay. Sin balijas, sacos ni árganas, excuso decir á mis lectores los deterioros y detrimentos por que pasarán los paquetes.

Para evitar gran calor, convinimos en hacer el trayecto, que separa Atimonan de Mauban, de noche y por mar, á cuyo efecto se prepararon bancas y barotos, quedando todo listo para embarcarnos á la caída de la tarde.

CHAPTER XIX

CAPÍTULO XIX.

Navegación en baroto.—Escasez de luz y abundancia de mosquitos.—Los principios y los medios.—Horas interminables.—Malayo po.—El monte Soledad.—Vista de Mauban.—Su historia, estadística y productos.—Episodio glorioso.—Don Simón de Anda y los franciscanos.—Documento notable.—Setecientos quintales de plata.—De Mauban á Lucban.—Caminos que hace el hombre y arreglos que hacen las aguas. Vadeos, precipicios, quebradas y desmontes.—El Balete.—Barrio de Sampaloc.—La hamaca.—Lúgubres semejanzas.—Descanso en Lucban.—Vuelta á Tayabas.

¿Saben ustedes lo que es navegar en baroto?

Si la contestación es negativa no deseen hacerla afirmativa, pues de seguro se arrepentirán. De Atimonan á Mauban puede irse por algo, que algunos afirman que es vereda; pero el viajero que llega á poner en ella su planta, se convence á costa de sus huesos de que no hay tal cosa, sobre todo, en la parte que comprende el escabroso monte Pitisang. Para evitar esto, y sobre todo las ocho ó diez horas á caballo que se invierte en la jornada, resolvimos dejar la vía terrestre y entrar en la marítima.

El tiempo estaba algo revuelto, y el patrón del baroto trincó perfectamente las amarras del caran, de modo que la parte habitada de la embarcación quedó convertida en una especie de ratonera, en que si bien escaseaba luz y aire, abundaban los mosquitos y las moscas.

A las seis vencimos la barra, balanceándonos en el gran Pacífico; orzamos para tomar rumbo, pero la vela se empeñaba en no tomar viento, empeño perfectamente justificado al ver los agujeros que tenía su triangular superficie y la poca gana de soplar que había por arriba.