En la tarde del veintiuno nos dirigimos al pueblo de Atimonan. El camino que conduce á aquel, salvo ligeros trayectos, no se separa de la playa. Los muchos ríos y esteros que desaguan en el Pacífico en toda la contra-costa de Tayabas, hacían que á cada paso tuvieran nuestros caballos que vadear un arroyuelo, ó hiciesen resonar bajo sus duros cascos los fuertes ensambles de los veintinueve puentes que encontramos. Aquellos son de madera, empleándose el molave para los pilares. El molave es incorruptible á la acción del agua, como impenetrable á la destrucción de los insectos. Hemos visto sacarse de un fondo de fango, harigues de molave que habían permanecido entre aquel más de cien años, sin que mostrasen señales de carcoma ni podredumbre. En la demolición de todo antiguo edificio en que haya molave y cañas, llama la atención la conservación de los primeros, y las bellísimas fosforescencias que se desprenden de los alimacmac en las segundas. El alimacmac, es un pequeño hongo que nace en el interior de la caña cuando es vieja y ha estado sometida por largo tiempo á la acción de las aguas. La vejez ayudada de la humedad, incuban en las paredes de la caña esa brillante excrecencia que buscan las dalagas entre las ruinas, adornando con ellas su pelo y sus relicarios.

Los añosos y entrelazados troncos de los bacauan que forman los mangles, constituyen una sólida barrera que resguarda contra la rompiente de las olas el camino de Atimonan. Si aquel se recorre de noche, hay que ir despacio y con algunas precauciones, so pena de exponerse á que se rompa el caballo una pata en alguno de los agujeros que hacen los cangrejos, y de que está salpicado todo el terreno.

En la línea que empieza la jurisdicción de Atimonan, nos encontramos la comitiva que salía á esperar al Alcalde. Las dalagas iban lujosamente vestidas, montando ligeros caballos. El Gobernadorcillo de Atimonan tenía preparada bajo un bonito kiosko, una suculenta merienda. Lo delicioso del lugar, las frescas brisas del Pacífico cuyas espumas llegaban á nuestros pies, y la armonía de la música que se mezclaba con el eterno y acompasado murmullo de las ondas, nos retuvo más tiempo del que debíamos.

Montamos nuevamente á caballo al aproximarse el crepúsculo, así que, bien pronto nos envolvieron las sombras. El numeroso grupo que componía nuestro acompañamiento presentaba un aspecto altamente fantástico. La fosforescencia de la mar, los destellos de los alitaptap, y los preciosos cambiantes de luz, que nos mandaba Sirio, la estrella más hermosa de los cielos, daban la bastante claridad para apreciar conjuntos, ya que no detalles.

El camino era bastante estrecho, circunstancia que hacía marchásemos de dos en dos. Varias veces levanté la cabeza desde que dejamos el kiosco y siempre encontré á mi lado una misma cara. Yo no buscaba á Ninay, y sin embargo, constantemente estaba cerca de mí. ¿Quieres fumar?—la dije, á la par que sacaba la petaca para encender un cigarro.—Tu cuidado,—me contestó con esa habitual franqueza de la india. Un cigarro, en todas partes del mundo es un gran introductor; el que oprimía entre sus labios Ninay, hizo tan perfectamente la presentación, que no se interrumpió entre nosotros la conversación hasta que llegamos á los bantayanes de Atimonan. Dos horas fuimos hablando, y en ellas me contó Ninay, con una encantadora naturalidad, una verdadera serie de superfluidades para mí, pero que constituían para ella un mundo. Me habló de su cocal, de la saya que tenía preparada para el baile, de la peineta de su amiga Chichay, del imbay del Moro y del Rosillo, y por último de su novio. Moro y Rosillo, se llamaban los caballos que montábamos, eran hermanos, y siempre habían comido en una misma tina, estando en esto explicado, el por qué al buscarse ellos, nos acercaban á nosotros. Al pronunciar Ninay el nombre de su novio, no lo hizo balbuceando ni mucho menos, aquel estaba ya admitido por sus mayores, y por lo tanto la cosa era muy natural y corriente.

A las nueve de la noche entramos en Atimonan; de este á Gumaca hay 21,50 km.

Atimonan se llamaba en lo antiguo un llano que se extiende en una ensenada de las costas de Lamon; y en aquel sitio se resguardaron por los años de 1635 los pocos seres que pudieron escapar de las llamas de Cabullao, pueblo que fué reducido á cenizas por los piratas moros. En dicha ensenada quedó formado Atimonan el año 1637, siendo hoy el pueblo más rico de la contra-costa de Tayabas. Su extenso territorio, que abarca de costa á costa, produce preciosas maderas, inmejorables resinas, cera, maíz, café, cacao, abacá y aceite. Las ceras de Atimonan son de una pureza y transparencia tal, que pocas habrá que las igualen. En la Exposición de Filadelfia fueron premiadas, y abrigamos la convicción de que también lo serán en la próxima de París, adonde sabemos se mandarán. Los tejidos de piña que hacen las mujeres son muy buscados en el comercio.

La salubridad de Atimonan es buena, y aun cuando no se halla en la misma playa, solo la separa el corto cáuce de la desembocadura del río, á cuya margen derecha se levanta. El caserío es bueno, destacándose por la solidez de su fábrica, la iglesia y convento. Los muros de estas obras tienen de doce á quince pies de espesor. El Tribunal lo componen dos cuerpos, el uno antiguo y el otro moderno, en el último hay un salón de los más grandes que hemos visto en Filipinas.

Atimonan tiene 8.790 almas, tributan 4.262 en las 46 cabecerías que registra. Hubo 172 defunciones, 62 casamientos y 343 bautizos. Se sortearon 475 mozos, de los que se sacaron 9 soldados. Se vacunaron, 234, asistiendo á las escuelas 160 niños de ambos sexos. Se sustanciaren 2 causas criminales y su territorio está á cargo de 42 caudillos y 53 cuadrilleros.

A la noche siguiente á la de nuestra llegada á Atimonan, y terminadas que fueron las quintas y elecciones, hubo el consabido baile, en el que volví á reanudar la conversación con Ninay: me hizo conocer á su novio; y yo en pago de sus secretillos la dí un anillito, en el que estaba esmaltada una imagen de los Dolores, exigiéndola al dárselo que había de ser el que usase el día que se casara.