Gumaca es uno de los pueblos más sanos y mejor situados de los que bañan las aguas del Pacífico en las costas de Tayabas. Su fundación no hemos podido comprobarla, debiendo ser muy antigua, puesto que ya se le nombra en los registros de la Orden de San Francisco correspondientes al año 1582. En 1638 se trasladó á la Silanga de la isla de Alabat, volviendo á su antiguo sitio después del incendio á que le redujeron los holandeses en el año 1665.

Gumaca debió ser muy combatido de las piraterías moras, teniendo en cuenta la situación que ocupa y los restos de defensas que aún se conservan. Una sólida muralla corre por la playa, arrancando desde el río á que da nombre el pueblo. Sobre aquel se alza un puente de madera, que comunica con el fuerte de Santa María. Encima de la puerta del fuerte—que abre el camino que dirige á Atimonan—se conservan toscamente grabadas sobre la piedra las águilas imperiales de la casa de Austria, escudo que también se muestra en las ruinosas paredes del Tribunal. La muralla cierra el pueblo por la parte que mira á la mar con el castillo de San Diego. La construcción de este fuerte revela una mano inteligente, y la solidez de su fábrica lo mantendrá en pie muchísimos años. En su plataforma se guarda un pesado cañón de hierro. Formando cuadrilátero con aquellos fuertes, quedan restos de los llamados San Sebastián y San Miguel. Entre estos había una fuerte empalizada de molave.

Gumaca tiene 7.137 almas; tributan 3.360 en 38 cabecerías. Hubo 151 defunciones, 88 casamientos y 273 bautizos. Se sortearon 330 mozos, de los que se sacaron 4 soldados. Se vacunaron 431. Asistieron á las escuelas 130 niños de ambos sexos; correspondieron á su territorio 5 causas criminales. Los cuadrilleros, llamados á vigilar los 19 barrios, ascendían á 38.

Entre los edificios de Gumaca, son dignos de visitarse la iglesia, el convento y la escuela. El convento abre sus muros en una espaciosa plaza, que limita la muralla. La iglesia es buena y espaciosa, lo mismo que la escuela.

Gumaca ha pasado por un sinnúmero de vicisitudes, no habiendo respetado á su laborioso vecindario ni los horrores del saqueo, ni las destructoras llamas del incendio, ni los estragos de la peste. Hojeando los libros canónicos de defunciones de aquel pueblo, correspondientes á los meses de Abril y Mayo del año 1772, y fijándose en las páginas que empiezan en el asiento 28, se verá el tristísimo cuadro de las más encarnizadas hecatombes que registra la historia de la viruela.

Examinando el antiguo Tribunal, los fuertes de San Diego y Santa María, la muralla, las empalizadas y el capitel ojival que resguarda la gran cisterna que provee de agua al pueblo, se viene en perfecto conocimiento de que por allí ha pasado una activa y buena inteligencia. El piso alto del Tribunal está basado en arquerías, terminando en azotea, construcción rarísima en Filipinas, que hace recordar las casas de Alicante y Valencia.

En la plataforma del castillo de San Diego pasamos al lado del virtuoso párroco Fray Mariano Granja, una alegre velada respirando las puras emanaciones de las ondas del gran Pacífico.

Toda ruina tiene para nosotros un augusto misterio ante el cual bajamos con respeto la frente. Las agrietadas aspilleras del castillo de San Diego, son otras tantas páginas de nuestra gloriosa historia. Sobre aquellos muros había ondeado la sacrosanta enseña de Castilla, en una época en que, si la tenue brisa de la caída de la tarde plegaba sus paños en otros horizontes, los matinales céfiros acariciaban sus colores enseñando al primer rayo del sol los castillos y leones, inseparables compañeros de su luz.

El castillo de San Diego debió prestar excelentes servicios, pues dada la situación de Gumaca necesitaba un avanzado centinela que precaviese las sorpresas, fáciles de llevar á cabo en aquellas playas, por la circunstancia de interceptar la exploración la extensa isla de Alabat.

Los principales productos de Gumaca son: el arroz, las maderas, la brea y la cera. Caza hay mucha en sus bosques, y el poco cacao que recoge es muy estimado.