Casi todas las provincias tienen su casa posada en la capital, en la que no solamente viven los que de ellas van, sino que también reciben noticias y servicios del casero, estos se convierten en ciceronis y acompañantes de sus huéspedes.
Sigamos á un Gobernadorcillo electo en Manila.
La primera diligencia es llamar al sastre municipal. Este se presenta en la casa con un rollo de telas, hace su correspondiente cortesía al neófito, le da la enhorabuena y el que sea para mucha felicidad del pueblo, se sonríen ambos, y acto seguido el maestro tira de regla, de jabón y de lápiz y cubica, mide y estira al pobre munícipe que empieza á sudar al solo olor del reluciente paño que ha de convertirse en los faldones de un frac. El frac es tan indispensable para el Gobernadorcillo, como el sombrero de copa, el bastón y la camisa de chorreras. El sombrero suele legarse y servir en tres ó cuatro bienios; la camisa lo mismo que el bastón podrán ser manufacturas de el pueblo, pero lo que es el frac necesariamente ha de estrenarse y pasar por el corte de los sastres de Manila. Ni durante la medida, ni en las pruebas, ni en la elección de paño habla una palabra nuestro hombre, y se deja hacer, pues le basta y le sobra con saber que el sastre que le sirve es el mismo que está encargado hace años de proveer á los Gobernadorcillos de Manila de trajes de etiqueta. Un Gobernadorcillo de Manila para uno de provincias, es una especie de amo y se da por satisfecho con solo ponérsele en parangón, siquiera sea ante el recorte de dos varas de faldones.
El Bazar Oriental y el almacén del Vivac indispensablemente son visitados. En el primero compra vajilla y lámparas, y en el segundo le da vueltas y revueltas á latas y frascos, cuyos rótulos no entiende, pero que no implica para que mande encajonar un buen provisto rancho.
Si el Gobernadorcillo es casado, una vez que se haya ocupado del frac, del rancho, del menaje de casa, y algunas veces del sombrero de copa, se acuerda de su munícipe mitad y muestra en mano acude en casa de los Catalanes, en donde se provee de diez varas—ni una más, ni una menos,—de glasé negro, y otras diez de un gró rabioso, cruzado de anchas franjas más rabiosas que el fondo á ser posible, posibilidad que por lo común no puede satisfacerse, por la sencilla razón de que la capitana en ciernes encarga que la saya sea grana.
Hay una cosa que el Gobernadorcillo no compra en Manila; esta otra cosa son las cucharas, tenedores y cuchillos, los que tiene todo indio rico de tiempo inmemorial, por más que no los use, sobre todo si su riqueza no ha sido improvisada. Si su riqueza es moderna la plata de dichos objetos estará más reluciente que la de los primeros fundidos, á no dudar, con los respetables y nunca bien ponderados utraques de ambos mundos, legendarios señores, cuyas bruñidas caras son más caras de ver en el día que la que está en Jaén.
Empaquetadas todas las compras y atados cajones, maletas, tampipis, cajitas, balutanes y el indispensable lio y otro lío y liito de última hora, toma nuestro hombre el vapor, carromata, carabao ó caballo que le conduzca á su pueblo adonde es de ene ha de llegar montado en algo.
Ni la mirada de Isabel I, al ver los castillos y leones ondeando por primera vez en las almenadas torres de Granada, ni la de Napoleón I al admirar las pirámides, ni la de Luís XIV al mirarse á sí mismo, al decir que la Francia era él, retrataron la intensidad que se verificó en la del capitán al divisar el campanario de la iglesia del pueblo, cuyos destinos—hasta cierto punto—estaba llamado á regir y gobernar.
Una vez en su casa—que en breve ha de abandonar para vivir en el Tribunal,—se desempaca lo comprado, que habrá llegado custodiado por un futuro munícipe de cuarto orden, que ha ido al servicio de el que será su jefe. Todos los parientes y amigos alaban el buen gusto de las compras. Se coloca la vajilla en los aparadores, se cuelgan lámparas, se descuelgan las sillas y sofás, que de ordinario las tiene suspendidas en el techo, se clasifican, como Dios les da á entender vinos y conservas, y se pone á pública exhibición la saya que ha de lucir la capitana en la misa nang varas, y la que ha de ostentar en el primer rigodón oficial de la fiesta de la aniyaya nang bayan.
El uso del frac es objeto de una serie de ensayos difíciles de enumerar, no habiendo espejo una legua á la redonda que no lo haya reproducido, colgado por supuesto de los hombros del futuro jefe del municipio.