En el reloj de los tiempos—pues en el del pueblo no podía ser, entre otras razones, por no haberlo—dieron las tres de la tarde del 30 de Junio. A esta hora se sacó del patio del Tribunal cañas, ramaje, flores y bejucos, y aquí amarro, allí cuelgo y más allá adorno, se improvisó con la ayuda de unos 300 taos, una vistosa y engalanada pagoda que fué conducida con gran bulla y algazara al frente de la casa del que será Gobernadorcillo. Esta pagoda es la insignia llamada á dar á conocer á propios y extraños la casa del munícipe.

Como todo llega, amaneció el día 1.° de Julio, y aquí te quiero escopeta. Todas las caras están más rientes que la misma aurora que las alumbra; todos los labios se agitan, y todas las manos se mueven.

A las ocho en punto se encuentra el héroe de la fiesta de tiros largos, que juro á mis lectores que si por tiros entendemos faldones, la frase está perfectamente aplicada. A aquella hora sonó la música y aparecieron juntamente con ella, la principalía, los que habían de cesar y los que habían de posesionarse. A un sostenido redoble salió el munícipe, y todos juntos y al compás de un paso doble, se dirigieron á la Casa Real en la que juraron sus cargos ante el Alcalde, los electos á quienes les hizo comprender en un pequeño discurso sus deberes, después de haberles entregado los bastones y bejuquillos, símbolos de sus empleos. De la Casa Real van á la iglesia en la que oran un breve rato; de allí, dejan en su casa al Gobernadorcillo, y cada cual va á la suya no sin haber antes aplazado la fiesta para el próximo domingo.

El día de la posesión fué el jueves, de modo que poco había que aguardar.

El sábado por la tarde, todo estaba listo y dispuesto.

La misa de vara iba á celebrarse con toda la suntuosidad de quien tiene gana de gastar y sendos doblones en el arca, grandes pilas de palay en el tambobo, cientos de tinajas de coquillo y aceite en los alambiques y bodegas, y no escaso número de lustrosas parenderas en las tanzas. Para que un Gobernadorcillo pueda cumplir con la costumbre, ha de ser rico, y como ya sabemos que el indio por nada prescinde de aquellas, de aquí, que aseguramos lo es.

Alumbró el domingo, y el primer rayo de luz que se desprendió de los cielos, fué saludado con el estruendo de los versos, el volteo de las campanas, el reventar de las bombas y los acordes de la música. Todo es animación, todo risa, todo alegría. A la puerta del Tribunal hay varias tinajas de aguardiente de coco, que gratuitamente van trasegando los transeúntes. En los hornos se cuecen pastas, y en las mesas de la cocina hay tal número de aves y tal cantidad de tasajos de carne, que hacen recordar las bodas de Camacho. Ese día come y bebe todo el pueblo á costa de su nuevo capitán. A las ocho en punto empieza la misa de vara. Esta se celebra con toda solemnidad, y una vez que echa su bendición el sacerdote, sigue la saturnal que ha de durar veinticuatro horas. Toda la principalía en ejercicio, y fuera de él, todos los capitanes pasados, cabezas reformados, vecinos condecorados, jefes de cuadrilleros, caudillos, primogénitos y cuantos tienen, han tenido ó esperan tener algún cargo municipal, se sientan en la mesa del festín en esas veinticuatro horas. Se principia por un chocolate serio que preside el Alcalde acompañado de toda la colonia española, y concluye con las heces del coquillo que apura el tanor, y los últimos huesos que roe el pretendiente á cuadrillero. Desde el chocolate al hueso, desfilan en perfecto orden de categorías, todos los que existen en el pueblo. Tan luego termina el chocolate, que dicho sea de paso, está servido con acompañamiento de jamón, queso,potos, bibincas y toda clase de dulces y pastas ocupan la mesa las capitanas y demás babais de representación; á estas suceden sus maridos siguiendo las cabezang, principalía y demás gente menuda. La música y el baile, no cesan ni un momento.

Concluído el primer refrigerio, se encierra la Tenientela mayora con las Juezas y algunas Cabezang de su confianza, en una de las habitaciones del Tribunal, y confeccionan una corona, amontonando sobre su varillaje todas las mejores alhajas del pueblo. Hemos visto coronas de esta clase, formadas de anillos, pendientes, peinetas, clavos y cadenas de un grandísimo valor. A más de esta corona, se adorna un bastón de mando, cuyos objetos una vez terminados, guarda bajo llave la Tenientela.

Mientras las babais se ocupan en el adorno de la corona, el capitán, rodeado de todo el pueblo oficial, dirige una alocución en la que desarrolla su futura forma de gobierno. Después de esto, lee el tadhana, ó sea el bando. Cada Tribunal, conserva por lo general en sus archivos su tadhana, que se lee no solo ante el Municipio, sino que también se da publicidad á voz de pregón en plazas y esquinas. Tengo entre mis papeles, algunos de dichos tadhanas; todos ellos son curiosísimos, y envuelven en su espíritu, santos y benéficos principios.

Como muestra, traducimos del tagaloc el que oímos publicar en Lucban, cuyo original en forma de acta, lo guardo entre los autógrafos curiosos. Dice así: