Los españoles aquí lo han perdido todo y lo han perdido sin gloria, cosa nunca vista en los anales de su historia patria, y esto no es cosa fácil de poder apreciar, sino habiendo estudiado mucho en las páginas de la historia de todos los pueblos.

Si tales y tan grandes han sido y son los sufrimientos y las amarguras de los españoles en esta tierra, ¿no era más cuerdo, más sensato, más generoso y más noble, tender la mano al caído que ir á gozarse con las penas que les torturaban, concitando los ánimos de las turbas á fin de que tomaran por su mano, la justicia que solo compete á las autoridades cuando hay delincuencia?

No ha debido olvidarse ni por un solo momento, que á pesar del mal trato que nos dieran, de las justas é innumerables quejas que contra ellos tuviéramos, no todos eran iguales ni todos tenían los mismos procedimientos que salían, especialmente del elemento oficial y muy principalmente, de aquellos de nuestros paisanos que habían formado causa común con ellos y querían aparecer más papistas que el papa. Hemos debido tener muy presente el que en un momento dado habían pasado á ser extranjeros, de que estaban vencidos y de que no habíamos sido nosotros los vencedores.

La sangre de esos españoles tan odiados, es la misma que corre por nuestras venas, su idioma, su religión, sus costumbres buenas ó malas, sus defectos y sus bondades, son las mismas que nosotros tenemos y esto no se cambia en un solo dia, ni en una centuria, pues cuando esta haya transcurrido, quedará el recuerdo de la historia que no se puede borrar.

Los españoles llegaban aquí es verdad que con lo puesto, en su mayoría, lo cual no es un delito, ó con el fondo de masita que les entregaban al dejar el fusil, pero no es menos cierto, que en vez de entregarse á la holganza, se dedicaban al trabajo imponiéndose toda clase de privaciones y por este medio conseguían formar capital y en breve tiempo compartían su suerte con las criollas, que pasaban á ser nuestras madres, y de aquí la familia puertorriqueña, que no es ni puede ser otra cosa que la familia española.

III

Todas estas consideraciones que yo me hago por el momento, y de las cuales nunca he de arrepentirme, pues que nadie me obliga á ello, serán seguramente las que se hayan hecho los americanos y ningún juicio favorable tendrán de nosotros al ver los instintos de ferocidad que se despertaron contra los que estaban caídos y completamente indefensos. Los más rudimentarios principios de humanidad mandan á que se respeten los dolores agenos y nosotros hemos debido respetar el de los españoles.

Se me objetará seguramente, que los españoles del elemento oficial emplearon con nosotros los tormentos inquisitoriales, y esta es una verdad que no se puede negar, pues de ello hablan bien claro los ominosos tiempos en que gobernaron la Isla los execrables sátrapas Sanz, Palacio, Lasso, Dabán y Marin, los más funestos que han venido á estas tierras, para descrédito de la hidalga nación Española.

Pues si es una verdad innegable que el látigo, los palillos[[1]] y el sable de la odiosa guardia civil, flajeló nuestros cuerpos, actos fueron de verdadera cobardía que no debemos imitar nosotros, pues sería colocarnos á su mismo nivel, tratando de tomar venganza de acontecimientos, que cuando se desarrollaban, no tuvimos el valor de repeler con la fuerza, aunque hubiera sido marchando al sacrificio, pues cuando los pueblos no quieren soportar la vida afrentosa, se suicidan y la historia los disculpa.

[1] El componte.