El hecho de lanzarse por pueblos y campos, deponiendo autoridades y arriando y subiendo banderas, sin que nadie les hubiera concedido autoridad para llevarlo á cabo, viene á constituir un verdadero abuso y la prueba de ello, es la correctísima conducta que han observado los americanos, reponiendo los funcionarios que injustamente fueron lanzados de sus puestos, por quienes no tenían autoridad para ello.

No se puede dar desaprobación más expresa y seguramente que así lo entenderán los autores de aquellos hechos.

Si antes he calificado de abusos el lanzamiento de funcionarios públicos y otros desmanes, no he de ser tan benigno al calificar los incendios del Coto del Laurel y otros que se han sucedido y se están sucediendo en la isla, así como los apedreos de establecimientos públicos, actos estos que nos avergüenzan y que nos han colocado en la categoría de pueblo verdaderamente salvaje y con instintos de ferocidad.

Para justificar los hechos bárbaros de que me vengo ocupando, seguramente que se traerá á colación las salvajadas que se dice han cometido en Ciales por las tropas y voluntarios españoles, que no niego ni afirmo, pero que desde luego condeno con toda mi alma y pido para sus autores la maldición del Cielo, ya que no ha de alcanzarles la justicia de la tierra, y digo que no ha de alcanzarles la justicia de la tierra, porque la de los americanos, no podía llegar á pueblos que estaban todavía ocupados por las tropas españolas.

De estas salvajadas, y de las víctimas que ellas trajeron consigo, no son responsables más que los impacientes, que sin elementos de fuerza bastante y sin autoridad ninguna, fueron á cometer allí donde había guarnición española, los mismos abusos y desmanes que cometieron en Santa Isabel, Yauco, Sabana Grande y otros. La fiera acorralada y herida les salió al encuentro, y cuando repartió zarpazos, no reparó al que cojía.

En la ciudad de New-York existe una colonia compuesta de más de 60,000 españoles con grandes capitales y grandes establecimientos de todas clases, y que seguramente habían contribuido con sus recursos para el sostenimiento de la guerra con los Estados Unidos, lo que es lógico que supongan los americanos, y sin embargo, pueblo civilizado y culto, tanto como el que más lo sea, no se les ocurrió tirárseles encima y destrozarlos en un momento dado, cosa que les hubiera sido muy fácil.

La escuadrilla española mandada por el Contra-almirante Cervera, combatió con la escuadra americana mandada por el Almirante Sampson, y una vez que la segunda venció á la primera, desde el Almirante hasta el último grumete, se descubrieron respetuosamente y saludaron al vencido, tendiéndole la mano, y recibiéndolo en la cubierta de su buque con todos los honores militares que corresponden á su gerarquía.

Todos los Jefes, oficiales y tripulantes de la destruida escuadra, fueron llevados en calidad de prisioneros á la ciudad de New-York, y la seriedad de aquel pueblo, no permitió el más mínimo desmán ni las silvas y gritos que se iniciaron en el nuestro con los infelices prisioneros, que en cumplimiento de su deber, tuvieron la desgracia de serlo en el combate de Coamo.

Si para evitar estas silvas y estas impropias manifestaciones, hubo necesidad de tomar medidas ¿qué concepto podrán formar los americanos de un pueblo que parece no abrigar en su seno ninguna clase de sentimientos de nobleza ni de generosidad, para el vencido, que en todas partes es objeto de toda clase de consideraciones?