LA TABEADA
En un canchón contiguo al reñidero está la tabeada. Siendo juego menos noble que las riñas, la taba tiene entre los decentes sus adeptos vergonzantes. La riña es como una ciencia, la taba es como un arte.
Depende del pulso y en parte de la cancha. Existe un canchero que prepara la tierra y la rocía de modo que ni se haga barro ni esté dura. Los límites opuestos los marca un cordel hundido en tierra. Dos hileras laterales de bancos de tabla son los asientos de los jugadores que esperan turno.
Reina en el corro, grande algarabía. Mientras un individuo pulsa la taba en una punta, el contrincante aguarda el tiro en la otra.
Formúlanse las apuestas entre el tabeador y su contrario, entre el tabeador y el público, y el público entre sí, por fas y por nefás, por cara o culo, con ventaja o sin ella: es un enredo de términos y dichos especiales, tan claros para el profano como si fuesen griego.
En media cancha han ido amontonando el dinero de las apuestas, apretado bajo una piedra para que no se vuele. Algunos empuñan rollos de billetes ajados y mugrientos. Los ya desplumados, se sientan a mirar, como fascinados, el manoseo de la plata.
De varias partidas atrás, un chaqueño emponchado mantiene la taba: es un invencible. Ha pelado a muchos. Ahora "la va derecho" con un mulatón compadre y hablador.
El invencible es un hombrón taciturno, un poco alcoholizado. Reconcentra en su juego favorito toda su grande alma de animalote. Parece allí un toro parado en dos pies entre la tropa.
Usa enorme sombrero blanco y se alza el poncho al pescuezo para que le vean su charro cinturón de bolivianas de plata. Va quinientos pesos a su mano.