Se escupe con calma las manos, refriega las palmas en el suelo, guiña el ojo izquierdo como si fuera a apuntar con escopeta, mira bien la taba con el otro ojo, la blande, la sopesa varias veces, echa un desafío mudo a la redonda. Los espectadores, atónitos, se apartan. La taba vuela: la siguen con la vista, da tres vueltas justas y se clava.

—¡Culo!... ¡Culo clavado! ¡El primer culo!

La agitación es intensa. Algunos juran. Otros se preparan a recibir su plata. Hay quien comenta a gritos las alternativas de aquella "mano".

El chaqueño saca un pañolón colorado y se limpia el sudor del seboso rostro. Echa luego mano al bolsillo y paga de un grueso puñado de billetes. Ha sido un "batacazo". ¡Quinientos a la olla! ¡Jué pucha! Pero no es nada; él puede jugar hasta diez mil pesos. Este hombre tiene quince mil cabezas en el Chaco.

La concurrencia es de un cómico abigarramiento. Vense galeras, guantes, bastones, botas, alpargatas y hasta patas peladas: la ancha pata pálida y roñosa del opa que atisba una moneda, del típico opa salteño, del infaltable de todas las aglomeraciones.

Vense levitas verdinegras. Una casaca con dos botones al rabo, que muestra que en sus tiempos fué jaquet; chalecos multicolores de una antigua moda, camisas que rebalsan y pechos pelados al descubierto.

Tampoco se libra de la manía el turco exótico, que ladra el idioma, pero que se hace entender y juega; ni el gringo, el delicioso gringo que masca tabaco y dice insolencias con la mayor soltura; ni tampoco faltan el mulatillo amanerado y compadrón del centro y el honrado maestro de escuela que viene a echar una cana al aire.

Además, en la tabeada merodea el "colero", furtivo borrachín que simula entusiasmarse por el juego y traba apuesta con este y con el otro, para abrirse a su hora, con cualquier pretexto. Lo que le interesa al colero es la bebida que circula a rodo, el desperdicio de las ganancias. Agradece antes de que le brinden. Su afabilidad comunicativa es una ganzúa; su entusiasmo por el juego un taparrabo de la impudicia.