LOS PERROS

En las grandes ciudades los perros son objetos de adorno o de lujo, cuando no seres esclavizados por el egoísmo del hombre, y que sirven en las tiendas para cazar ratones, o en las policías para perseguir malandrines.

En las grandes ciudades los perros pertenecen a alguna raza definida; y hasta los hay de abolengo.

Existe allí el perro de alcurnia, mimado y regalado; el galgo raro, el San Bernardo, el terranova, el fox-terrier, etc., etc. La monótona vida de estos perros no tiene allí sino un aspecto más o menos sentimental o decorativo, o francamente utilitario.

Para apreciar el papel de los perros en estado libre, de los perros como partido zoológico, disputando al hombre sus derechos a la vida, hay que venir a verlos en Salta.

Es un día de verano, a la hora de la siesta, en un suburbio casi desierto del pueblo. El sol reverbera blanco en las piedras de la calle y en las veredas de laja: es la hora de los perros.

No se ve más que perros, como si una universal metempsicosis hubiese substituído los habitantes por perros.

Por las entornadas puertas de calle, asoman sus hocicos. Las puertas de calle, donde la gente sale a tomar fresco al caer la tarde.

La perrilla de la esquina congrega los pretendientes del barrio. Primero es el festejo, el contoneo afable, el menear de rabos y el olerse. Y después la gresca galante que acaba en dispersión y derrota, cuando la mulata, dueña de la joven coqueta, asoma escoba en mano.

Un inquieto perdiguero, que los domingos suele ir de caza con el albañil, se ha escapado con la piola al cuello, y pasa, trotando al sesgo, al viento las narices, que recuerdan por lo largas el cañón de una escopeta.