Bajo el tropical ardor del día, entornados los ojos, la lengua afuera, cruzan por la calle grupos de perros de todos tamaños.

Uno que los mira pasar desde su puerta, se avispa, y sale a toparlos: se cambian los saludos de regla.

Se huelen, se gruñen; la pandilla sigue viaje, y el de la puerta vuelve lento sobre sus pasos, y alza la pata, desdeñoso, contra la pared corroída...

Los grupos circulan por todas direcciones. A ratos viene el rumor de una algarabía lejana. Alguna pedrada, alguna dentellada. Y los corridos huyen haciéndose los rengos.

En los días patrios y festividades populares los perros no saben dónde meterse. La gente de Salta padece la monomanía de las bombas. En cuanto se reunen doscientos manifestantes, sueltan innúmeras bombas. Entonces los perros, muertos de miedo, huyen a buscar un escondrijo, por entre las piernas del pueblo.

Al amanecer, desde las campiñas cercanas invaden la ciudad pandillas de perros. Vienen en alegre turbamulta a escarbar los cajones de basura que los sirvientes colocan en la vereda para que los levante el basurero municipal.

No hay casa arrabalera que no albergue tres perros por lo menos. ¡Y qué perros! Son perros de anónimas, azarosas razas, monstruosas combinaciones anatómicas, a veces espectrales y desconcertantes.

Vénse perros largos y chatos, en forma de locomotoras. Otros, lanudos, pequeñísimos, llamados cuzcos, que al trotar parecen con cuerda. Vénse los pilas, es decir, unos que carecen en absoluto de pelos.

Y esos tres tipos fundamentales al entreverarse en las cruzas, forman la interesante población perruna de mi pueblo.