¡Este bruto le ha hecho pasar las ruedas por la barriga, y lo ha dejado extrachato, en media calle!

Yo protesto de semejante atentado, ante el público, en nombre del señor Asterplat y en el mío propio.


LA CONDENADA

Hace mucho años, andaban de boca en boca, entre la gentuza de mi pueblo, relatos extraordinarios acerca de una luz ambulante que vagaba por avenidas y caminos urbanos.

Precisamente, en las noches más tenebrosas, veíasela pasar, con diferencia de minutos, tan luego por las inmediaciones del cementerio como por los arrabales próximos al río.

La velocidad hasta entonces no vista que la animaba, y el intenso fulgor rojizo que despedía, dieron pábulo a la medrosa fantasía popular, que acabó por atribuirle sobrenatural origen.

Y a las viejas supercherías de duendes y mulas ánimas y viudas y almas en pena, vino a incorporarse la misteriosa leyenda de la condenada. Así habían dado en llamarle a la luz, sin duda porque se creyó que el panteón era su morada. Y salía de allí a deshora de la noche para emprender sus locas, desaforadas carreras, que espantaban a los malos y horripilaban a los inocentes.

Una noche, camino de la Caldera, iba un pobre indio paso a paso en su mancarrón, con las alforjas cargadas de bote en bote, cuando en un recodo topó de repente con la luz infernal. Indecible pavor hizo presa de jinete y cabalgadura, que, dando cara vuelta, fueron a sujetarse, perdiendo alforjas y calchas, a la plaza "9 de Julio".