Contaban que una negra que vivía cerca del cementerio mantenía macabras relaciones con la condenada, y esto, y el aislamiento en que sus íntimos la dejaron, motivó el trastorno mental de la infeliz catinga, sospechosa de brujería.

Una noche la policía tuvo noticia de una descomunal parranda en el barrio de tucumancito. Enviado un vigilante al lugar del desorden, se le apareció la condenada, se le espantó el caballo, y el porrazo y el susto fueron tales, que el cobarde policiano sufrió un desmayo de varias horas.

El número de perseguidos y preocupados era muy grande.

El cochero de un amigo mío tenía su cuarto lejos del centro, por el barrio del matadero, y aunque no era manco pa las cosas de este mundo, las del otro le inspiraban serias desconfianzas, por lo que prefería, si no había luna, quedarse a dormir acurrucado en los almohadones del carruaje.

Las niñeras les contaban a los chicos, haciéndoles poner los pelos de punta, las fechorías de la condenada; y las viejas beatas de correveidile averiguaban del cura si cometían pecado creyendo en ella.

Hasta entonces había limitado el espectro sus andanzas a los arrabales; pero héte aquí que una noche, como a las doce, se presenta en plena plaza Belgrano, desierta a esa hora, donde se pone a dar vueltas en persecución del único mortal que a la sazón la atravesaba; el cual, en fuga despavorida, logró saltar las barandas que cercaban la plaza, y llegar sin resuello a guarecerse en la tienda donde era dependiente.

¿Y no adivinas, lector, quién y qué pudo ser aquella condenada que en mi pueblo metió tanto susto?

Pues era el más pacífico de los hombres: un relojero italiano, el que llevó a Salta la primera bicicleta.

Fatigado del trabajo del día, montaba por la noche en su aparato, encendía la linterna fuera de la ciudad, y comenzaba su pedaleo de la manera más divertida del mundo.