—No dentre Don Ventura. Mire que la creciente lo va a trapiar,—decía uno.

—De ande lo han de convencer, si este gallego es más porfiau que una clueca,—gritaba otro.

—Asojitesé bien, no sea que pierda los yolis,—vociferaba un tercero.

—¡Vaya, vaya hombre!—contestaba Perdigones.—Paréceme a mí que no hay motivo pa tanta alharaca. Pero lo que es éste, a mí no me gana,—decía del asno, y le molía de firme.

Al fin triunfó Perdigones, si bien más le valiera no haber triunfado, porque zamparse el burro, desquiciarse de la montura los yolis, y hacerse una balumba de hombre y bestia y arreas y verduras, todo fué uno. La rápida corriente los arrastraba.

Los gauchos armaron al punto sus lazos, y se los arrojaron al infeliz Don Ventura, que a manotones y zambullidas y vueltas de carnero en medio del agua, ni pudo ni atinó con los auxilios.

Y mal acaba el lance, si no logra prenderse, con todas las fuerzas que le restaban, a las raíces de un sauce ribereño.

Y ya en tierra firme, pasado el susto, un paisano le dice al gallego:

—Velay pues, ño Ventura aura que se ha salvao, dé gracias a Dios, porque esto ha sido un milagro.

Y el gallego, malhumorado y tiritando, le contestó: