UN BAILE DE VILLORRIO
No me olvido de aquel baile que congregó tanta "gente bien" en casa del comisario.
En un rincón de la sala, zahumada por el grueso tufo de kerosene de las lámparas, un músico, traído ex-profeso de Salta, galopaba sin piedad un viejo valse, sobre el no menos viejo y desvencijado piano.
En los ángulos restantes de la sala había frágiles mesitas de felpa calva, atestadas de ramos de flores de papel, cuajadas de pintitas negras, obra evidente de las moscas.
Contra las paredes, hileras de sillas de variadas formas y tamaños, donde descansaba la numerosa concurrencia; y en el suelo, mal disimulando las asperezas del bárbaro enladrillado, retazos de alfombras descoloridas.
En el techo de cañizos, sustentados por ciclópeas tijeras, techo hondo y lóbrego, tejían en silencio las domésticas arañas. Y en las alturas adonde no llegaba la luz de abajo, algunos murciélagos absortos comentaban con chillidos a la sordina la inusitada animación de la fiesta.
La concurrencia daba vueltas flemáticamente a la sala, al compás meloso y cursi de esa musiquilla de aldea, triste y desorejada. La dueña de casa, orondamente sentada en su sofá, contemplaba con aire satisfecho el desfile de las parejas.
Era una vieja robusta y ancha como una olla de chicharrón, que sudaba a mares y se hacía viento con uno de esos monstruosos abanicos de satín negro, que más parecen alas de Satanás que abanicos. A la vieja nadie le dirigía la palabra; pocos la conocían. Pues como se trataba de un baile de suscripción y ella había cedido su casa por pura condescendencia, nadie tenía nada que ver con ella.
Bien pronto me expliqué aquella cortesía, cuando ví que una chinita escamoteaba furtivamente las botellas de cerveza compradas por la comisión organizadora.