Algunas señoritas que confundían la sencillez con la vulgaridad, lucían trajes ajados y sucios, que hubiese rechazado una sirvienta. Y tal era el entusiasmo del día, que no habían tenido tiempo de arreglarse los cabellos ni quitarse el barro de las cabalgatas.
El "¡cállese, no sea atrevido!", el "¡vean esto, por Dios!" el "pucha", el "velay", las mil ordinarieces que florecen en las vendimias, se mezclaban, ensordeciendo el aire, en una sola cháchara vulgar y aturdida.
Una chinita zaparrastrosa y mugrienta se paseaba por entre las parejas, brindando cerveza en copas tres veces sucias; y un muchacho "quiscudo" como un cepillo, luchando por no dormirse, ofrecía en una frutera caramelos chupados de antemano, a medias, quizá, por los bebés de la casa, y "tortitas de leche" partidas aritméticamente a cuchillo.
En un extremo del corredor, alumbrado por una lámpara sombreruda, en derredor de una mesa, conversaban parejas de enamorados que nunca acababan de barajar sandeces. En el otro extremo, escondidos en la penumbra, los bebedores del pueblucho hacían su agosto en complicidad con los sirvientes, mientras parecían acalorados en una disquisición acerca de las virtudes del cura.
Por todos lados iban y venían los mosqueteros abribocas, o se acumulaban junto a las puertas, estorbando el paso.
En el patio, un opa de ojos clarísimos y cara pálida y gorda, que había bebido en demasía, mascaba asnalmente un bollo, y servía de diversión a unos muchachos...
EL DUENDE
La creencia en el duende era, quizá, la más arraigada en la ciudad, hasta hace treinta años. Demonio familiar y burlesco, más molesto que terrible, la plebe, y en particular los sirvientes y criados de las viejas casas, teníanle por espantajo familiar.