Para explicarse aquella superchería, fomentada sin duda por la ignorancia, se hace preciso recordar la arquitectura de los caserones coloniales.

Casi no había casa patricia que no fuese un verdadero laberinto de cuartos, pasadizos, altillos y corredores, intrincados y oscuros. Ocupaban los fondos, el corral, el gallinero, la huerta, las pesebreras y los cuartos destinados a la gente que traía de las estancias abastos y provisiones para varios meses.

En muchas casas, se carneaban reses en el corral.

El duende merodeaba en las cocinas y despensas; escondíase en los tunales y silbaba a los que iban al corral; dormía entre las petacas de cuero crudo, en zarzos y altillos; y aun a las veces poníase a frangollar en el mortero, a media noche.

Un anciano señor, ya chocho, y además célebre por sus mentiras, solía contar a sus relaciones—en alguna tertulia íntima de barrio, cabe la estufa monumental del comedor,—los trajines y fechorías del duende.

—Una vez—decía el anciano,—determiné mudarme de casa con mi familia; pues el duende no nos dejaba en paz. Apedreaba a hurtadillas a quien quiera que entrase en la huerta, volcaba las ollas en ausencia de la cocinera, hacía pudrir el charqui y engusanaba los quesos del zarzo... Habíamos trasladado a la nueva casa muchos muebles, cuando entré una tarde en la despensa para ver lo que todavía quedaba por acarrear. En esto se me presenta el duende, cargando el mortero, y me dice, con tamaño descaro:

—¿Y a dónde nos mudamos?...

Era un hombrecillo enano y cabezudo. Provenía de algún ignorado infanticidio; o era el alma de un niño muerto a los siete años, sin bautizar.

Usaba enorme sombrero y tenía una mano de fierro y la otra de lana. Aparecíase a los malos y desobedientes, a los pendencieros y mentirosos, y les preguntaba entonces, con potente y ahuecada voz:

—¿Con qué mano quieres que te pegue?... ¿Con la de hierro?... ¿Con la de lana?...