Y al vivo que elegía la de lana, le asentaba terrible mojicón con la contraria.

El duende era compadre y amigo del gato. Nadie sabe si el par de ojazos fosforescentes que vió en la noche serían los del duende o los del gato. Que también sucedía que el duende, convertido en gato, se echaba a dormir en el rescoldo del fogón.

Apadrinaba él, solícito, las gangolinas y grescas de los tejados, que, en noches de luna, ponían en la mente de los desvelados, terrores de la otra vida.

Caminaba con pesados y resonantes pasos a deshora, en los corredores, como si un grueso pisón golpeara los ladrillos.

Había, sin embargo, un medio para librarse de él. Sabido era que su finísimo olfato no toleraba los ingratos olores. Y quien quisiera andar seguro de noche, había de llevar preparada en los bolsillos cierta porquería...


LA VIUDA

Por todo el valle de Lerma se creía en la viuda; pero es cerca de la ciudad donde he recogido la leyenda de boca de unos indígenas.

Las supersticiones tienen, como característica, esa indeterminación de las versiones anónimas. Y asumen, según el sujeto que las refiere, contornos más definidos y reales, o se diluyen y esfuman hasta no ser más que una idea fantástica o una emoción de misterio.