Ignoro si sea ésta una leyenda salteña de origen y si el decir vulgar: "salirle a alguno la viuda" se usa en otras provincias, como aquí, para denotar el contraste imprevisto con que topamos en una empresa inadecuada a nuestras fuerzas.
Pero abandonemos los circunloquios y oigamos al indio viejo que me la contó:
"Una noche tormentosa y muy oscura, cuando yo era muchacho, el patrón me mandó a La Isla, con un recado urgente para don Nicanor Vallejos.
La Isla es una finca, a legua y media de Salta, entre el río Arias y el Arenales.
Yo conocía bien el camino, que no era de coche, como ahora, sino una senda angosta que atravesaba pequeños bosques de tuscas y algarrobos, harto tupidos a trechos.
El terreno es bajo y pantanoso y en algunas partes había que ser baqueano para no hundirse en los fangales.
Aunque nunca he sido flojo para las cosas de este mundo, no me sentía entonado para las del otro aquella noche, lo confieso. Así que en mitad del viaje, y en un punto en que más cerrado estaba el monte, al caer la senda a un bajío, puse el caballo al tranco y empuñé el cuchillo, que lo llevaba en el guardamonte, colgado de la vaina.
Al acercarme a unos sauces llorones que están ahí todavía, de un costado del camino, donde principia la bajada, se me atravesó como sombra un perrazo negro...
El caballo se avispó, bufó; y se pegó una tendida que casi me larga de hocico.
Por serenarme, mordí la hoja del cuchillo, la hice "tincar"[2] en los dientes y me afirmé en el apero, tiritando... En esto, ya sentí que un bulto me saltaba a las ancas y me echaba los brazos al cuello.