Las beatas supersticiosas examinaban con aires de misterio, al salir de misa, al alba, los ladrillos del atrio, donde, a las veces, la mula ánima estampaba su casco de fuego.

En el veredón de la antigua Catedral, que ya no existe, veíase, hace años, una laja que tenía marcada una herradura: era el rastro de una mula ánima.


LA JUANA FIGUEROA

Camino de "La Soledad", pasando el "puente blanco", en la esquina de un rastrojo y al pie del cerro, está el sepulcro de la Juana Figueroa.

Es el santuario de una superchería popular, con todo el prestigio de una leyenda trágica.

Al borde de una zanja vése un humilde túmulo de adobes, que remata en una ruinosa cruz de palo.

Por sobre la verdura de los cercos míranse las torres y cúpulas de la ciudad, más allá las lomas de San Lorenzo, y en el fondo la azul lejanía de las montañas, que parecen encerrar en un perenne círculo de encanto la inmensidad del valle.

El sepulcro de la Juana Figueroa es el santuario de una devoción torcida y pecaminosa para la ortodoxia del cura; para la bastarda emotividad de la plebe, es un lugar bendito, santificado por el martirio.