Los pobres del suburbio, las muchachuelas palúdicas de los "cuartos" excéntricos, las cocineras de casas pobres, las alcahuetas supersticiosas, acuden todos los lunes a depositar como voto ante la milagrosa heroína, una vela de sebo, un medio boliviano, un corazoncito de plata.

De día y de noche, arde continuamente en el sitio un centenar de velas. Para que el viento no las apague, la devoción, prolija, resguarda las fervorosas llamas, bajo un abigarrado techo de latas de tarro.

Es una peregrinación anónima, pero obstinada y constante. Nunca se encuentra en el lugar bendito esas aglomeraciones un poco profanantes de la multitud. Cada cual a su hora, en un momento de angustia, de miseria, porta su ofrenda. Y sólo la muchedumbre de las velas patentiza la zozobra de las almas.

A veces, al atardecer, vése llegar por el "carril" de "La Soledad" alguna mujer del pueblo, demacrada y enferma, con una criatura en brazos. Camina por la tierra polvorienta arrastrando la pollera, que al andar se pliega sobre los talones con blandura de harapo.

Cuando está segura de que no la observan, se acerca al humilde túmulo, se arrodilla y ora en silencio.

Después ofrece una vela encendida y se aleja a pasos largos.


En aquellos parajes vivía, hace treinta años, un pacífico mulato carpintero, casado con una joven mulatilla, bonita y alegre. Tenían un hijo.

El hombre se marchaba temprano al pueblo, donde tenía el taller. La mujer y el pequeño lo esperaban hasta la hora de la comida.

El hombre trabajaba mucho, pero ganaba poco; apenas para vivir.