La esposa soportó bien durante el primer tiempo de casada la escasez de medios, halagada por el cariño al hijo y el amor del hombre.
Alentaban la esperanza de poder un día salir de aquel lugar sombrío, enfermizo, vecino de la "zanja del Estado" y del panteón, aislado entre un monte de algarrobos, melancólico en sus largos días y sus desolados atardeceres. Pensaban irse a vivir al pueblo. Y así, pensando, se pasaron los meses.
La mujer fué cambiando, poco a poco. En ausencia del marido frecuentaba el trato de algunas comadres y vecinas que tomaban mate a costa de la ingenua mujer del carpintero.
Varias veces, al volver del pueblo, el hombre no había encontrado a su mujer. Pero entonces habíala esperado, habíala recriminado con dulzura, para entregarse a los íntimos deleites del pobres hogar y al encanto del pequeño.
La mujer, confiada en el ascendiente que ejercía sobre su marido, nunca hizo mucho caso de sus reclamos. Y pronto las amigas la atrajeron a las borracheras del arrabal, donde la estúpida galantería del "tomo y obligo" afloja las vacilantes austeridades y da al traste con la compostura y decencia del artesano.
El carpintero jamás quiso acompañar a su mujer a tales diversiones, y la dejó ir sola, cediendo a las instancias de las amigas y a las seguridades de una fidelidad probada asaz duramente.
Y cuando el hombre vió al fin mermado aquel cariño, y cuando supo en el pueblo—él, el último,—la traición de la hembra ingrata y tornadiza, se dejó llevar a la deriva de la suerte, con la indolencia fatalista de los débiles y quiso, todavía más ciego, el caro amor que se le escapaba, aferrado a la ilusión de reconquistarlo de nuevo, todo para sí. Y fué manso, tolerante, imbécil; bueno como las tablas de fragante cedro que pulía en el taller. No dijo nada...
Pero al volver del trabajo, una tarde, una vecina le contó que su mujer había pasado el día, en su propio hogar, con otro hombre. El carpintero llegó a su casa taciturno, pero tranquilo y amable como de costumbre. La mulatilla lo recibió en sus brazos.
El hombre le propuso dar un paseo. La mujer lo siguió, y marcharon juntos, también el chiquillo, de la mano de su madre.
Fueron hasta el "puente blanco", por el camino de "La Soledad".