Se sentaron en el poyo del puente.

El hombre no hablaba. No podía tampoco, aunque quisiera. Sólo acariciaba los crespos cabellos de la mulatilla, bonita y alegre.

Empezaba a oscurecer. Era un crepúsculo de otoño, lloviznoso y gris. Levantábase al espacio el chillido inmenso, crepitante de los grillos. A largos intervalos iguales cantaba un crespín en la arboleda. Venía lenta, en el viento, la voz baja y solemne del campanón de San Francisco. Algún "ataja-camino" revoloteaba agorero en la penumbra; y bajo el arco de piedra del puente, ya ruinoso, abríase, entre las malezas, el reposo de las aguas paradas, sin vida, sin reflejos, hondura lóbrega, insalubre, hedionda...

Ante el mutismo prolongado del hombre, la muchacha estuvo un instante sorprendida; luego alarmada e inquieta.

Ella lo habló, lo interrogó, trató de explicar algo.... él, acercándose mucho, la miró en los ojos hasta el alma.

Al verle así, la mujer, por la primera vez, le temió. El la estrujó, brusco, colérico. Ella gritó. Quiso fugarse, abandonando al hijo.

Pero el hombre la alcanzó, la pilló, le ajustó las manos crispadas sobre el cuello, y la ahogó sin misericordia.

El hombre, al huir con el hijo en los brazos, oyó tras sí lamentos y gemidos. Entonces, ensañado, volvió a la carga, y empuñando un fierro hallado por ahí, le machacó la cara, le reventó el cráneo, y la tiró después sobre las aguas muertas de la zanja.

Así fué el asesinato de la Juana Figueroa.

¿Por qué venera el bajo pueblo su memoria? Porque fué—dice,—una santa mártir. Y es que el delito de adulterio no existe en la promiscuidad monstruosa de la chusma.