DON MATIAS LINARES Y SANZETENEA

Obispo de Salta

Hay en la vida del anciano ilustre, cuyo fallecimiento ha conmovido a la sociedad de Salta, una singular contradicción entre las íntimas tendencias espirituales que lo solicitaron, y la elevada misión pública que desempeñó.

El sacerdocio es, o al menos debe ser, una función militante.

Exige el ejercicio de las cualidades positivas del carácter; el fervor de la prédica; el espíritu de lucha, de propaganda y de polémica; el conocimiento de los hombres; el continuo trato con el mundo; la fulminación del mal y del error. Así, el tipo del sacerdote es Iñigo de Loyola.

Pero monseñor Linares fué, más que un sacerdote, un asceta, en la medida que su destino se lo permitiera; y más que un apóstol, fué un santo.

Su carácter jamás se avino con su cargo. Y, por la sola fuerza prodigiosa de la virtud, el hombre era superior al cargo.

Se impuso, quizá sin quererlo, seguramente sin ambicionarlo, a la alta estima y consideración de su grey y de su pueblo, por el ejemplo más que por la acción; por la tolerancia, más que por la represión; por el amor y la templanza más que por el mando. Su notable política resultó, así, una consecuencia de su temperamento, no una obra de su cálculo.