Y aquel justo vivió, sin duda, constantemente perplejo entre su Ideal cristiano y sus ineludibles obligaciones de gobernante.

La acción acaso sea incompatible son la santidad.

La equidad, la justicia, la virtud, no son sino eternas aspiraciones al bien absoluto. Procurad imponerlas entre los hombres como ley, y los bajos intereses de la vida os rechazarán, como a Jesús y como a Sócrates. Desde tal punto de vista, todo juez es injusto, y todo apóstol es exclusivista...

Abstenerse de fallos definitivos; rehuir a las implacables condenaciones; renunciar, por amor a la verdad, a la posibilidad de equivocarse; olvidar la perpétua contradicción entre lo real y lo ideal, atormentado por el temor de ser alguna vez injusto o inhumano; buscarse, esperar en silencio, más allá de la mezquina existencia mortal el advenimiento del Reino de Dios: he aquí el ideal del asceta, es decir, del justo, del santo, del puro cristiano.

Y en épocas de discusión, de examen, de transmutación de valores morales, este tipo superior de religioso es tanto más admirable, cuanto menos posible en la moderna sociedad.

No consultará, acaso, como pastor las necesidades materiales de su causa, ni dará a su misión el esplendor de un principado, influyente y mundano; pero será, como hombre, un alto exponente de la dignidad humana, toda vez que el Ideal marque una meta de perfección a la conducta.


II
LOS CAMPOS