Una noche de luna yo comprendí todo eso. Fué en el campo.

Un indio bajó de una quebrada con su perro. Venía a vender su leñita en el caserío. Bajaba tocando el erque.

El, al toparme en su camino, se calló, pero yo le rogué que continuase.

Y a la vera de un arroyo, en la honda quebrada, mientras rielaba la luna por el azul infinito, el erque largó a los vientos su música salvaje.

Pero aquello no es precisamente una música. Es el origen de la música. Es la congoja humana ensayando en un rústico tubo el ritmo de su primer estremecimiento. Es el gemido transformándose en acorde.

Escuchándole de cerca se percibe el ¡hen!... penoso del llanto: En la embocadura de la flauta se siente sollozar al indio; en la bocina se siente la vibración profunda del sollozo. En la embocadura es aun la emoción, el alma individual del indio; en la bocina es ya el alma de una estirpe que muere.

No puede darse una música más orgánica, más expresiva, más conmovedora en su crudeza.

El indio toca de pie, con la mano izquierda sostiene la caña por la embocadura, con la derecha la mantiene de través, estirando el brazo.

Según la nota, la flauta sube o baja, o va de un lado al otro. Es una esgrima particular. Si la nota es grave, la tosca bocina se abate rasando el suelo, abarcando con mayor o menor lentitud el aire, según lo requiera la intensidad del tono. Si la nota se aguza, si va subiendo, la caña va levantándose en amplio círculo, hasta apuntar al cielo; y la nota se refuerza en sonoridad cuando se opone al curso del viento.

De esta suerte, la tierra madre y el aire fiel participan, ayudan, alientan, dan cuerpo al grito del corazón; acogen el íntimo dolor del hombre, se lo apropian y lo difunden en alas del eco por las concavidades de la montaña.