Y mientras el hombre toca, el perro se aduerme a sus pies, como arrobado en la misma tristeza del amigo.
El indio es un viejo de puro tipo incásico. Está vestido con el burdo cordillate de los telares montañeses, calzado con la ojota ligera del pastor, cubierto con el amplio sombrero blanco de ovejón del lugareño. Nada en esto es exótico. En cada detalle hay el sello de una tradición y de una raza.
Y al conjuro de esta música tan genuinamente amarga, parecen despertar en los senos desiertos de la montaña los genios tutelares de un pasado remoto y desconocido, el espectro inconsolable de los guerreros-pastores, vencidos y conquistados, que vagan por las abras al blanco y melancólico fulgor de la luna.
EL FANTASMA DEL REMATE
El Serapio Guantay era puestero de cabras en el cerro del Remate, en el fondo de la quebrada del Río Blanco. En lo alto de una meseta de aluvión cortada a pique por las crecientes, estaba el rancho, humilde y rústico, semejante a una pequeña mancha parduzca, perdida en la verdura agreste del paisaje. En aquel sitio la quebrada se encajona entre desfiladeros bordeados de queñoas y de alisos, el declive se pronuncia, y el torrente salta sobre un cauce de pedrones desiguales, pulidos por el eterno trabajo del agua.
Dos cuadras más abajo, al borde casi del talud, alzábase el ranchito de la Leona Abracaita, la vaquera, la ahijada de la adivina, vieja harpía que curaba por secreto, hacía quesos y sembraba papas en un bolsón del cerro.
Para la Candelaria, para San Juan y la Pascua, y aun si había velorios y casamientos, la bruja y su ahijada bajaban a los caseríos y negociaban sus productos. Hospedábanse en casa de alguna comadre, junto al camino por donde van las remesas de Chile. Juntábanse allí las mujeres y los barraganes y al monótono toque de la caja, se entregaban por días al holgorio del baile y de la chicha.
El Serapio Guantay era zamarro como el venado arisco que nace en las abras. Dos o tres veces al año se presentaba en la "sala", para frangollar su abasto de maíz en el molino y rendirle al patrón la cuenta de las pariciones, que se las repartían por mitad, conforme al uso de las fincas.