La vieja adivina maquinó sin duda, con sus malas artes, contra el pobre pastor en la parranda; y en adelante la Leona tuvo compaña y hubo en el rancho quien pudiese labrar con más vigor que la vieja los sembradíos del cerro.
Pero el Serapio Guantay era zamarro como el venado arisco, obstinado como el toro, astuto como el puma. Tenía en los ojos mansos la pasividad, y en el corazón y en el músculo dormida la fiereza ancestral de la raza...
Y como se alza la bestia herida, se alzó él a los cerros, para errar cantando por las cumbres la estrofa alegre, mirando siempre en el fondo el ranchito de la Leona:
Tengo mi chacrita,
tengo mi sandial,
tengo una morocha
para carnaval...
La quebrada, casi seca en invierno, despliega en verano todo el lujo de su flora tropical. En días despejados el sol ardiente, blanco, violento, pone en las herbosas laderas ricos matices de fiesta.
Pero en horas de tormenta la quebrada se vuelve sombría y amenazante bajo las nubes plomizas que el huracán empuja y hace encallar en las cimas. El rayo parte las peñas metálicas como a golpes de hacha; las laderas empapadas se desbarrancan con estruendo en los cañadones; el viento retuerce y quiebra los frágiles alisos y las fornidas tipas; el oscuro cielo se desfonda en lluvia, y el agua rápida, enloquecida, elástica, socava las peñas y arrea cauce abajo piedras enormes que son para el torrente ligeras como la arena para el embate de la ola.
Y en una de esas noches espantosas en que el fragor de la tormenta sacudía las montañas, el Serapio Guantay, frente a su puesto del Remate, se puso a forcejear con un monolito que vacilaba en su quicio, carcomido por el agua.
El indio volcó la piedra. La corriente, desbordada, cambió de madre. El aluvión tapó más abajo el rancho de la bruja. Y el sol ardiente y blanco del siguiente día iluminó con resplandores de fiesta el lujo tropical del paisaje solitario y desierto.
Han transcurrido muchos años. En el lugar donde se alzaba el rancho de la bruja hay una cruz. El puesto del Remate es una ruina. Y a veces, andando en noche tormentosa por el lugar, a la cárdena luz de un relámpago, el viajero ve un hombre que, de pie sobre una peña, alza los brazos como en una pavorosa imprecación de duelo.