Dicen algunos que no es más que un árbol seco, una rugosa queñoa: para muchos, es aún el genio trágico de una venganza, el fantasma inconsolable del pastor.
EL GAUCHO SALTEÑO
Quince leguas adentro del Rosario de la Frontera, en viaje a las Mercedes, hicimos alto para almorzar en un puesto que estaba en una falda, en pleno monte, al otro lado de un arroyo, que costeaba el camino. El dueño, un gaucho de tipo morisco, nos acogió con toda clase de atenciones. Además, como la subida a la casa presenta ciertas dificultades para unos compañeros míos que venían en araña, el gaucho le gritó a su hijo, luego de hacernos pasar a la cocina:
—¡A ver, muchacho! Mostráles el camino a esos señores. ¡Y te has de sacar el sombrero!
Y mientras de pie, en el patio completamente barrido, comíamos un asado a la caucana, gozábamos del sabroso y chispeante decir de nuestro huésped. Burlábase él de la porfía de las gallinas que picoteaban las migas de pan en medio de nuestras piernas; reíase de los perros flacos y garrapatientos, que lamían ávidamente el sebo de los guardamontes recién sobados, y amenazaban quitarnos la comida de las manos.
—¡A ver, muchacho!—gritó el gaucho.—¡Agarrá pues esa lonja, pegáles una variada a los perros!
Enarboló el muchacho la lonja, volaron cacareando las gallinas al algarrobo y al techo del rancho, apartáronse rehacios los perros hasta el guardapatio, y el gaucho reanudó su pintoresca charla, sentándose en una robusta silla de tientos (tiras de cuero crudo), bajo el aro donde charlaba sin cesar el loro, excitado por el repentino bullicio de la casa.
Por el patio se arrastraba un chico inválido, tullido.