—Esta es la calavera de ese;—decía ño Cruz, mostrándonos el cráneo fresco aún.—Yo le apunté al codillo, pero le pegué en la quijada, aquí. Entonces le tuve que hacer el otro tiro. Pegó un bramido fiero y se tumbó antarca, despaletándome un perrito de un manotazo. Varios perros quedaron, por confianzudos, con las tripas al aire; y otros andan por áhi, lastimados, con la gusanera. A ocasiones el tigre desloma un caschi de un zarpazo. Por esto se deja ver que es animal de mucha potencia. Cuando uno le apunta lo mira frente a frente y a la vez de errarle el tiro, no sé pues lo que le espera al cazador. Cuando brama enfurecido, en la pelotera, acosado por los perros más baqueanos, los cuzcos chicos se sueltan llorando con el rabo entre las piernas y los caballos tiritan, como si estuviesen con la tembladera.

Pero el gaucho no hace alarde de su arrojo. Narra, simplemente, su caso y os invita para que le acompañéis en la próxima batida. No sabe lo que es el miedo. Sus músculos, fuertes como el guayacán, nunca tiemblan ante el bicho, señor de la selva, salteador del ganado; y con la misma tranquilidad con que sonriendo recoge a brazadas el lazo, dispara la única bala de su carabina sobre la temible fiera.

Cruz Guíez es el prototipo del gaucho fronterizo. Alto, de contextura atlética, ingenuo rostro, negros y apacibles ojos, de movimientos fáciles como el gato del monte, y de ánimo alegre, como el cantar jubiloso de las chuñas que en la linde del bosque salvaje saludan el alba.


III
HISTORIETAS Y CUENTOS


UN VIAJE RARO