CRUZ GUIEZ

Estancia del Rey, en Anta; Mayo de 1912.

Yo deseaba conocer a ño Cruz Guíez, puestero del Campo Azul. Ayer tarde hemos ido a visitarlo a su rancho. En el patio hemos hallado al hombre, montado en un trozo de árbol, cosiéndole las mangas a su coleto. Muy cortésmente nos ha recibido; nos ha invitado a echar a pie tierra. Después ha soportado con cachaza las bromas de un amigo mío, empeñado en estimular el ingenio del gaucho.

—¿Dicen que usted ha cazado tigres por estos lugares?

—Velay, en ese algarrobo están colgadas las cabezas,—contestó Cruz, mostrándonos un montón de calaveras en que lucían magníficos colmillos.

—No creo que haya tigres por acá,—observó mi amigo.—Estas cabezas deben ser del gato de monte. Los fronterizos tienen fama de contar buenos cuentos...

Pero el gaucho respetuoso e impasible a la vez, con el absoluto dominio de sí propio y la confianza en el propio valer que infunde la vida libre, sonreía dulcemente al percatarse de la intención de las bromas, y no respondía más que a las preguntas en que podría instruir a los amigos del patrón,—hombres puebleros,—sobre las cosas del campo. Nos ha mostrado la piel del último tigre, oreada, recién sacada de las estacas. Medía más de metro y medio del hocico a la base de la cola. Después nos ha explicado ciertos detalles de una cacería.

Un día que salió a campear al cerro, había encontrado los restos de un ternero, mal tapados con tierra y palos por el tigre, que acostumbra esconder la presa. Y algunos días después, Cruz había caído en la huella del bicho, junto con dos puesteros vecinos suyos. Llevaban entre los tres como cuarenta perros, livianitos y con la guata floja. Aquí no se concibe un puestero sin perros. Cualquiera posee diez o doce, brutos la mayor parte, flacos, hambrientos, feos, pero insuperables en los trabajos del pastoreo.

Y a fuerza de rastrearlo al tigre por montes y breñales, al fin lo hallaron los perros, y cuando estuvo empacado de espaldas a un cedro enorme, ño Cruz Guíez le metió en la cabeza una bala de su garabina; una bala, de las dos que consigo llevara; y como el bicho no muriese todavía, hubo de ensartarle el otro plomo en el corazón.