Entramos en la quebrada de los Noques por una senda que había que desbrozar en parte a cuchillo, pues sólo la frecuentaba el ganado. La senda, bajo un palio de enramadas, costeaba el arroyo, cruzándolo de trecho en trecho. El bosque permanece verde todo el año, vivificado por abundantes manantiales que sueltan desde los cerros su agua clara y rica. A medida que nos internamos en la quebrada, se presentan con mayor frecuencia grandes extensiones sombrías cubiertas de enormes helechos, tan altos como nosotros a caballo. Se percibe el olor particular del humos. Las plantas parásitas cubren todos los troncos y todas las ramas; todo lo invaden los helechos, los musgos, las enredaderas. Una quina gigante se abre paso hacia arriba, hasta dominar con su copa la sombría espesura. Un cedro ancho y rugoso oprime como un abuelo, entre sus recias rodillas, el tronco blanco y fino de un chalchal. El arrayán, generoso, difunde su grato olor. Las tipas, sociables, siempre en grupos, son las centenarias matronas del bosque. A veces, sobresalen del suelo blando, que suena a hueco, ásperos filos de roca, lobanillos geológicos, dura osamenta de la selva. Cien metros en torno, sólo se mira un entrevero de tallos verdes y de hojas, por donde se filtra intensa la luz del sol. Andábamos escuchando. Ningún rumor, ningún sonido lejano hacía suponer en el monte la presencia de animal alguno.
Si hacíamos un alto, los perros, conscientes de nuestro sigilo, habituados al acecho, husmeaban cautelosos y paraban las orejas, conteniendo el aliento.
Habíamos andado así media mañana, quebrada arriba, por las ensenadas de bosque de una y otra margen, cuando sentimos achar los perros, una cuadra delante, en un grupo de tipas. Preparé el rifle, apuré el caballo, me metí en el monte, perdí el sombrero; me picó una ortiga brava en un dedo, y al fin llegué donde ladraban los perros. ¡Era una pandilla de monos!
Me descolgué temblando del caballo, rodé por una ladera hasta una zanja enlodada, y empecé a escupir balas.
Hice más de treinta tiros sin matar nada. Entre tiro y tiro los monitos me espiaban agazapados, abrazados a los gapos, y emitían su gritillo particular de aflicción. Los vi dar saltos prodigiosos y desaparecer entre las lianas, mientras los perros se hacían pedazos en las espinas, al tratar de alcanzarlos. Era una familia de cebús fatuellus, o mono de los organistas, especie muy abundante en Anta y en todo el Chaco salteño.
Estos monitos se alimentan en invierno de una planta epífita de los grandes árboles, llamada carda por los gauchos. Contienen estas plantas agua en la base de las hojas. Hallando pues, comida y bebida en las copas de los árboles, los monos jamás bajan al suelo por su gusto. Y así, de rama en rama caminan leguas, monte adentro, sirviéndoles de puentes las intrincadas lianas que ligan las copas de los árboles.
A propósito de los monos, ño Ventura me contó lo siguiente: mientras unos peones de la estancia desmontaban un rastrojo destinado a maizal, en pleno bosque virgen, los perros descubrieron a cuatro monitos en un grupo de árboles que los hachadores dejaran aislados del monte. Ante la furia de los perros sitiadores del reducto, los pobres monitos dieron tales pruebas de espanto, que los peones se compadecieron. Venían presurosos hasta las ramas bajas desde donde, comprobada la gravedad del caso, se encaramaban chillando a las altas ramas. Los hombres, enternecidos por aquellos patéticos gestos, renunciaron a pillarlos, y pusieron en libertad a los monos, ahuyentando antes a los perros.
Después del inútil tiroteo hemos seguido el camino, rastreando el anta. Yo miraba a donde lo veía mirar a ño Ventura, y esperaba descubrir de improviso los ojos negros de una corzuela asustada, brillando con salvaje curiosidad entre las hojas; o creía ver en las cortezas recién lastimadas el rastro de algún león, y lo buscaba entre los yuyarales, donde lo sospechaba agazapado. Y observaba en ño Ventura que iba delante, la completa identificación, la compenetración, puedo decir, del gaucho y la selva. El la auscultaba cauteloso, hasta muy lejos; y cuando se paraba a escuchar, ño Ventura tenía actitudes de gato. Sus sentidos descubrían en el suelo, en las hojas, en las ramas, huellas invisibles para mí. Parado en los estribos, estirado el cuello, apoyadas las manos al borde del guardamonte, parecía balconear la espesura. Al paso del caballo, y aun a media rienda, ha adquirido el hábito del cuerpeo entre el ramaje; su cintura flexible se quiebra, su cuerpo repta, deslizándose entre las zarzas con facilidad de serpiente, sin que las piernas, naturalmente apretadas a los flancos, se muevan siquiera, porque va en el caballo encajado más que montado.
Y no hay para qué concluir este relato, si algo gráfico he contado de la selva y del gaucho. Ño Ventura, en una de esas, se apeó y se largó cerro arriba, lazo en mano, cuchillo al cinturón: pero nos fué imposible seguirle a pie. Había encontrado en un cañaveral rastros frescos del anta. Como se estuviese por entrar el sol, me volví con el capataz a la casa. Aquel día habíamos caminado diez leguas en los cerros. Ño Ventura, se presentó, a la siguiente tarde, con el cuero del anta cazada. La encontró—dijo—bañándose en un pozo del arroyo, le echó los perros, dos de los cuales murieron, ahogados. Después la enlazó y la apuñaleó. El cuero es el más fuerte que se conoce, para riendas y demás prendas de apero.