Reanudada la marcha, y no muy lejos aún del boliche, me sorprendió el galope de un jinete que venía en sentido contrario por mi camino y que, antes de enfrentarme, se precipitó en el monte. Al otro lado del río Wierna me detuve. Un silbido agudo había hendido el aire. El ruido atronador del agua me había impedido apreciar de dónde venía el silbido.

—¿Qué será?...—me dije. Y seguí viaje, algo receloso, todo ojos y oídos.

En aquel momento la oscuridad aumentaba, así es que me costó un poco hallar el camino a la Calderilla, donde el monte es más denso. De cuando en cuando el viento traía de lejos el retumbo de una caja, o el acento salvaje de un canto indígena; y a veces, el mujido melancólico de algún toro perdido en las cañadas pasaba en alas del eco sobre el pavoroso silencio de la noche.

Hubo de hacer entretanto la ginebra su efecto, con lo que a poco me sentí valiente y despreocupado. Así es que no me asustó el bulto de un jinete plantado en medio camino, con quien casi me estrello.

El hombre debía estar dormido, porque lo hablé y no contestó, y borracho además, porque, llegándome a él cuanto pude, vi que tenía inclinado el cuerpo sobre el cogote de su cabalgadura, que era una mula. El animal se había quitado el freno, aprovechando del sueño de su amo; y le quedaba de rienda la piola del bozal enredada a unas ramas. No podía, pues, disparar, aunque lo intentó cuando me acerqué.

Dime cuenta del peligro que el pobre borracho corría, a discreción de una mula mañera, y de a caballo desenredé la piola, decidiendo llevarme al jinete a lugar seguro. La mula, impaciente al principio, concluyó por acostumbrarse al tiro, se olió con mi caballo y se me puso a la par.

El jinete marcaba con descomunales flexiones de cintura las desigualdades del camino. Clavábase de cabeza, a un lado y al otro, y en las subidas se tiraba atrás, como un muñeco, tocando el anca con el sombrero, pero mantenía las piernas apretadas a los ijares de la mula, de lo cual deduje que sería buen domador.

Sin cuidarme poco ni mucho del individuo, yo iba recitando unos versos adecuados a la hora, cuando se me ocurre pararme, para encender un cigarrillo. Observé que el borracho había perdido el sombrero y continuaba echado hacia atrás.—¡Eh, amigo!—le grité al raspar el fósforo.

¡Y entonces, a la claridad amarillenta del fósforo, vi una cara de muerto! ¡Una cara de muerto, ensangrentada, horrible! ¡Una cabellera revuelta en mechones, una boca entreabierta, unos ojos opacos!

La mula, con el fósforo, se tendió de costado y a todo correr desapareció en lo espeso del monte.