Tan grande fué mi sorpresa que me quedé clavado en el sitio. Pero la ginebra, el amor propio y el revólver me templaron la fibra, y logré rehacerme y reflexionar.

Y me acometió una sospecha terrible.—¿Habría habido aquella noche un nuevo asalto en la Calderilla? ¿Sería, quizás, el difunto, algún peón de mi amigo U...? El jinete del boliche ¿sería acaso un asesino que huía? El silbido ¿habría sido una señal de alarma, para avisar que alguien cruzaba el río?

¡En tal caso, me habían espiado y me aguardaba una muerte inminente! Y me imaginé despanzurrado, como es de uso, entre dos lazos echados de improviso, a un tiempo, desde los opuestos bordes del camino.

¡Sí! ¡Ya no me cupo duda! Desenfundé el revólver, y con el ardor de las supremas aventuras, arranqué al trote. Pronto pasé el río de la Caldera. La casa de la Calderilla se presentó a mi vista. ¡Ya oía claramente los ladridos de los perros! Pero en la casa no se veían luces, y este detalle aumentó mi ansiedad.

De repente, sentí por el camino un tropel de galopes, luego un alarido salvaje, y dos jinetes sofrenaron sus caballos frente a frente de mí, cortándome el paso.

Uno de ellos, con ademán calmoso, se tiró el poncho al hombro, sacó debajo una cosa que relumbraba y la alzó en alto.

¡Me eché al suelo en un amén, y parapetado en mi caballo, le apunté a mampuesta! Iba a amartillar mi revólver, cuando el hombre dijo con seca y aguardentosa voz:

—¡Sírvase compañero!—y me alcanzó una botella.

Exasperado, le respondí con una maldición, y montando de nuevo, llegué a la casa, donde mi amigo U... me esperaba.

Díjome que aquella noche había reinado en la casa la más completa paz.