Y así acabó la cacería.

Hubo que venir al pueblo por un coche. A mí me aplicaron una reprimenda. Al gringo Burela lo sobaron en su casa.

Y al inmortal fiero Garnica, pocos días después lo daban de alta en el hospital del Señor del Milagro.


EL CABALLO QUE PERDIO LA LENGUA

Andábamos de cabalgata una tarde por las lomas de La Caldera, en el verano del 98. Hallábame enamorado de una preciosa niña, delicada y pura como una azucena. Hacía yo por entonces mis primeros ensayos poéticos, y no preciso declarar que la encantadora chica era la víctima inocente de tales ensañamientos.

Esa tarde de Enero mi amor había levantado presión, y marchábamos paso a paso, a retaguardia de la cabalgata; a la par nuestros corceles, y nuestros corazones al unísono.

Ya no recuerdo qué de cosas le dije, lo cual es una suerte para el lector, que se encontrará harto de leer declaraciones amorosas en prosa y verso.

Viajábamos de Caldera a Calderilla, y, como hubimos de salir muy temprano, contábamos con regresar antes del anochecer. La tarde estaba hermosa. El sol al ponerse teñía los cielos de anaranjados matices y desde la altura podíamos espaciar la vista hacia los remotos horizontes montañeses.