El fiero Garnica marchaba a vanguardia. Burela y yo mirábamos con cierto respeto la escopeta, cuyo complicado mecanismo no comprendíamos. Y en la delictuosa escapatoria del hogar, mi instinto de conservación me hacía considerar el misterioso peligro de tales pirotecnias.

Así, andando, andando, al rayo del sol, pronto estuvimos a la orilla de la laguna.

Entonces tuvo lugar la operación de cargar el arma. Burela y yo mascábamos el papel secante. Garnica echó con un cartucho la pólvora por el caño.

Habíamos alcanzado a divisar unos veinte patos. Garnica, muy nervioso, acabó de cargar de un baquetazo. Nosotros nos echamos al suelo de bruces: él avanzó al sesgo entre unos matorrales, agazapado, en un furtivo rodeo estratégico.

Al fin, anhelantes, ansiosos, le vimos enderezarse, apuntar un buen rato, y ¡pum!

¡Fué una hecatombe! La escopeta se partió en dos. La parte de la culata voló lejos, y un pedazo del caño se le clavó en la frente a Garnica. Este, con el feroz culatazo, se cayó de espaldas.

Corrimos, lo levantamos, lo palpamos. ¡No le salía sangre! ¡Tampoco le dolía nada! Al contrario, se reía, ¡y tenía clavada media vara de caño en la frente!

No había que perder tiempo. Antes que le viniese el dolor lo tumbamos de espaldas, y el gringo Burela se le subió encima y le apretó el pecho. ¡Yo me agarré del caño, le puse la rodilla en la frente, hice un esfuerzo terrible y conseguí arrancarle el hierro!

¡Jamás operación quirúrgica dió mejor resultado!

El paciente se incorporó, se pasó la mano por el agujero de la frente, ensangrentada, extendió el brazo y señaló la laguna. En el agua flotaba un tendal de patos.