Allí reinaba yo, en las camorras de los recreos, compartiendo el botín de trompos y bolillas, con esos dos amigos, bravos prosélitos, cuya compañía hubo de costarme tantas lágrimas.

Llevábanme ambos tres o cuatro años en edad, y el fiero Garnica la cabeza en estatura. En cuanto al gringo Burela, que en paz descanse, ya lo describí cuando relaté su ominoso asesinato.

El hecho es que un domingo, al alba, me escapé de casa para irme con mis dos amigos a cazar patos a la Lagunilla.

Durante los coloquios de nuestras rabonas, habíamos acariciado, desde meses atrás, esta cacería, que asumía en mi imaginación de lector de Calleja, brillantes perspectivas de aventura.

¡Qué hermoso, irse solo al campo, cuando no se conocen todavía ni los suburbios de la villa natal!

Mis camaradas me habían hablado de una vasta extensión de aguas profundas, donde bogaba un bote a vela, y a la que venían a asentarse inmensas bandadas de patos.

Era el fiero Garnica un jastial largo y desgarbado, tutado de viruelas, con una gran frente, elevada y plana como una pared. Habíase conseguido, no sé cómo, una escopeta antigua, de chispa, de un solo caño, amén de un tarro de pólvora y otro de munición gruesa. A falta de tacos de fieltro, nos servirían unos pedazos de papel secante que habíamos de mascar para cargar el arma.

En el camino, la contemplación de aquel vetusto y herrumbrado instrumento, que el fiero Garnica sostenía en el hombro con porte marcial, nos hizo prorrumpir en acaloradas manifestaciones de júbilo.

Un troncho de dulce seco, un poco de pan y otro de queso, formaban nuestro avío, que el gringo Burela sustentaba en la punta de un palo, colgado de una bolsa; esto sin olvidar la sal y los fósforos para comernos los patos asados a la caucana.

Impelidos por la acucia de la aventura, marchábamos de prisa, con el vago temor de vernos alcanzados por la policía, si en mi casa se hubiesen percatado de mi fuga y recomendado mi captura.