LA CACERIA DE PATOS

Aconsejo a las señoras mamás que no les permitan a sus hijos salir de caza los domingos por la mañana.

Cuando el niño toma la escopeta y se mete cincuenta cartuchos en el tirador, tenga por cierto la mamá que algún desastre se prepara.

Si alguna vez, lector, te sucede la desgracia de tener un niño, críalo, te lo aconsejo, entre algodones; y cuando le toque ir a la escuela, tú en persona has de acarrearlo, para evitar las malas compañías. Porque es necesario saber de una vez que todo niño es bueno, y que son las malas compañías las que lo echan a perder. A causa de ello empiezan a volverse respondones y desobedientes.

En mi niñez he sido de angelical naturaleza, hasta que en quinto grado escolar contraje amistad con el gringo Burela y el fiero Garnica, par de cachafaces que me enseñaron a hacer la rabona, y a los cuales, dado mi precoz espíritu de emulación, no tardé mucho en sobrepasar.

Con ese nobilísimo compañerismo de la infancia que se fortifica hasta el sacrificio en cuatro barrabasadas hechos de consuno, amaba yo al gringo Burela y al fiero Garnica más que a mis padres.

Mi alma inquieta y ansiosa de libertad sólo hallaba en la casa donde se desvivían por educarme, los odiosos sermones consuetudinarios, las penitencias de narices a la pared, y los coscorrones, agudos como aleznas, de mi madre. Por eso me gustaba la escuela, pues en ella al menos me era dado embromar a gusto. ¡Qué diferencia con el hogar!