Al llegar al sitio donde le habíamos dejado, Kolbenheyer, que iba delante, gritó:
—¡Eh, bárbaro! ¡No está! ¡No está aquí!
Las piernas se me aflojaron. Interrogué con los ojos extraviados al cebilar negro y mudo, y grité a mi vez:
—¡Peñalva, Peñalva!...
Y el eco devolvió las últimas sílabas desde el cañadón vecino: ¡alba!... ¡alba!
Y Kolbenheyer y yo, atónitos ante la piedra que momentos antes sirviera de peana a nuestro loco amigo, nos interrogamos mutuamente, desconcertados.
Habían transcurrido algunos minutos. El silencio era en aquel instante, aterrador. La hondonada abierta a nuestros pies era una sima impenetrable.
Y de pronto, de ahí cerca, de muy cerca, acaso a tres metros de nosotros, del fondo de la maraña tenebrosa y bravía, se alzó en el aire, violó el silencio, un aleteo lento, un chapoteo lúgubre; y un enorme vampiro, un monstruo absurdo como una creación de delirio, se alejó volando.
Arturo Peñalva había muerto.
En el mismo sitio le hallamos descalabrado, al pie de un cebil.