Después, me incorporé un poco; Kolbenheyer se había echado a su vez boca arriba. Peñalva seguía de pie. Su silueta inmóvil me impresionó. Me levanté, me acerqué a él. Lo llamé en voz baja. Como no respondiese, lo toqué en el hombro, pero tampoco se movió. Entonces, mirándole los ojos comprobé que estaba dormido: dormido en sueño hipnótico, las pupilas desmesuradamente abiertas.

Mi sensación fué de angustia. He aquí, me dije, las resultas de esa manía de autosugestionarse, de mi extravagante amigo.

En vano Kolbenheyer acudió en mi ayuda. Inútiles fueron los esfuerzos para despertarle.

—Bueno, está enviciado,—dijo Kolbenheyer.—Y como ni usted ni yo sabemos de hipnotismo, dejémoslo aquí hasta que despierte, pues sólo él podría despertarse. Entre tanto vámonos hasta el Cristo, a contemplar la ciudad desde esa altura. Allí tocaremos la campana; quizá con el ruido se despierte.

Accedí, y nos alejamos por el cerrado camino. Así anduvimos largo trecho, sin hablarnos.

La solemnidad de la noche se complicaba con aquel incidente, un tanto raro, un tanto cómico. Dos cuadras más allá, Kolbenheyer, cogiéndome del brazo, balbuceó:

—¿Estaría muerto?...

Aquella pregunta me impresionó vivamente, la emoción ahogó mi voz, las lágrimas me saltaron a los ojos:

—¡Imposible!—dije, aferrándome a la lógica, pero atraído por la violenta fascinación de lo sobrenatural.

Luego, movidos por el mismo impulso, arrastrados por la misma torturante duda, echamos a correr cuesta abajo, para ver al poeta.