Hacia la mitad de la cuesta, desde un punto donde la pendiente se hincha en agrio declive, alzándose sobre las cañadas laterales, tenebrosas y quietas, pudimos admirar en la planicie la fantástica simetría de las luces de la ciudad, brillando en el fondo del valle cual las bujías innumerables que en el cuento oriental mostraba la muerte como prontas a extinguirse, al espíritu atribulado del agonizante.

El poeta Peñalva sudaba a mares, lo que no le impedía incurrir en rebuscadas metáforas dantescas, con aquellos sus desmesurados ojos absortos de hipnosis y aquella hirsuta melena aventada por la locura.

Kolbenheyer, jovial, alucinado, irrealista, jadeaba en la ascensión difícil, al aspirar el húmedo vaho de la tierra: el autor de El falso hijo de la Beltraneja reconstruía mentalmente los monstruos terciarios cuyos fósiles tal vez hollábamos, y que poblarían en remotos siglos el paraje.

Llegamos a una explanada donde el camino forma un recodo para ascender en mansa pendiente hasta la estatua del Redentor.

Bajo el denso nublado que tapaba todos los rumbos del horizonte, contemplábamos a nuestra derecha, allá abajo, a través del fino follaje de los cebiles, el resplandor de la ciudad adormecida. Veíamos a la izquierda la hondonada profunda que, a espaldas del San Bernardo, se extiende, boscosa y desierta, sin una sola luz de rancho, sin un rumor de vida, prolongada en inmensa melancolía crepuscular, hasta el valle de la Caldera.

Allí nos detuvimos a descansar. El silencio nocturno era imponente. El diálogo, animado al principio, había decaído hasta el soliloquio.

El poeta Peñalva permanecía de pie, al parecer abismado en la contemplación del panorama. En cierto momento vi que alzaba los brazos y hacía un extraño ademán de vuelo. Parecía un cuervo, inmóvil en la piedra sobre la cual se había detenido.

Kolbenheyer, de cara a la ciudad, acaso pensaba en la leyenda oriental, al ver apagarse, de cuando en cuando, las luces de la lejanía.

Yo me había tumbado en tierra y procuraba localizar en el cielo, a través de las nubes, la posición de la luna.

Transcurrió un tiempo largo, durante el cual no se habló palabra.