Mi pobre caballo, mudo, naturalmente, no pronunciaba ni una queja. Mas de sus grandes y lánguidos ojos manaban espesas lágrimas.
¡Oh cruel insensatez, oh ceguera del amor! ¡Y el ridículo que me esperaba si mi caballo se caía muerto! Yo lo observaba, pero él no demostraba dolor. Me quedé estupefacto, con la lengua en la mano, a la espera de un desenlace fatal; y tuve que metérmela de prisa en el bolsillo, pues en aquel momento llegó mi chica, y bajaron al patio los de la cabalgata y dieron la voz de regreso.
LA TRANSMIGRACION
Nunca he podido creer en aparecidos ni en cosas del otro mundo, gracias a mi costumbre de buscar con afán, aun en los hechos irresolubles a primera vista, la natural explicación que, en rigor, todo misterio debe encerrar.
Sin embargo, en el fondo de lo inconsciente, el hombre menos supersticioso conserva en forma larvada, como patrimonio psíquico de sus antepasados, un terror instintivo por lo inexcrutable, muy difícil de vencer con la razón, cuando el caso concreto se presenta.
Y bien. Yo he sido víctima de ese terror en la ocasión que paso a referir. Pero, ante todo, haré constar que únicamente lo extraordinario del suceso pudo poner en tan ruda prueba la firmeza de mis convicciones.
El verano del año pasado volví una noche muy tarde a casa.
Me hallaba preocupado con la enfermedad de mi amigo el señor H. que tenía el apodo de Chivo Pedro. Ciertamente, aquel señor de cara morena y larga, cabellos y barbas grises, recortadas en rectángulo, con dos lobanillos en la torva frente y unas manos nudosas como palos de parra, se parecía de un modo alarmante a un chivato. Acentuaban además estos rasgos, ciertas gesticulaciones, y unos resoplidos nasales, cortos y bruscos, a modo de estornudos breves. De donde el inevitable apodo.