Aquella noche venía yo de su casa. Los médicos habían perdido la esperanza de salvarle.

Cuando cerré tras de mí la puerta de calle, con estrépito, el golpe rodó a lo lejos por el caserón vacío. Yo era su solo habitante, pues mi familia estaba en el campo.

Al pasar la puerta cancel me volví, con la impresión de que había alguien en el zaguán. Y no del todo tranquilizado, atravesé el patio silbando, y entré en mi cuarto.

Encendí la vela que estaba sobre el escritorio, me miré al espejo, me quité el sombrero, y observé cómo el espejo ahondaba la obscuridad del patio. Había en este detalle una inquietante obstinación de tinieblas y de silencio.

Me senté a escribir, de espaldas a la puerta, abierta de par en par.

No tenía sueño, y me había propuesto acabar un soneto maldito en que me engolfara la noche anterior. Pero no daba en la tecla. Las musas me abandonaban visiblemente, a mi despecho; y los ojos de la hermosa ingrata que me inspirara, bailábanme en el magín una danza macabra, junto a los ojos saltados del agonizante.

Con la estéril cabeza entre las manos, imaginé que estaba sosteniendo un zapallo.

De pronto, un inusitado aleteo me crispó los nervios. Era un murciélago que revoloteó encandilado en torno del techo, y, rociándome de paso, desapareció con un débil chillido.

La preocupación que hasta ese momento había logrado alejar de mi espíritu, empezó a dominarme de nuevo. Hubiera querido cerrar la puerta. Pero no me atreví a volverme en el sillón giratorio en que estaba sentado. Me asustaba la idea de que el sillón, falto de aceite, se pusiese a chillar.

Sentí entonces que el silencio me agobiaba, me abrumaba, me imponía su mutismo; ese mutismo extraño que nos revela a veces, en las cosas y en los objetos que nos son familiares, un aspecto insospechado y nuevo.