Con el oído absorto, auscultaba los rumores indefinidos de la noche.

Ya no pensaba en nada. Solamente oía.

Una mosca, zumbando torpemente, me pegó en la cara. Y yo escuchaba. El grito estridente de una lechuza errante sobre la casa, me puso el corazón en desórden.

Un papel arrastrado por sigiloso viento cruzó el patio, se estrelló contra una pared y se dobló con ruido desigual.

¡Algo iba a ocurrir! ¡Algo sobrenatural!

Y me suspendí casi en el aire, horripilado, cuando, en ese preciso instante, un presuroso tac, tac, tac, de tacos breves resonó en el patio y avanzó en dirección a mi cuarto.

¡Alguien había transpuesto mi puerta, y se había plantado en media habitación!

Inmediatamente, comprendí yo esto; ¡aquellos pasos no eran, no podían ser de gente!

Luego, con infinita angustia, di vuelta lentamente la cabeza, y miré: ¡un chivo negro, barbudo, diabólico, estaba allí! Inmóvil, me observaba, rumiando con espantosa impavidez.

Sonó entonces un aldabonazo en la puerta de calle. La bestia, asustada, dió cara vuelta, y, con un corcovo prodigioso, desapareció en la sombra.