Examiné los alrededores. Me convencí de que estábamos solos.

—Ahora a buscar un árbol.

—¡Allí!—respondió la víctima, con los ojos extraviados, señalándome uno. Su acento firme ponía en evidencia su resolución mortal.

Bajamos a la quebradita, subimos por la opuesta ladera, y llegamos al pie de un cebil que se inclinaba sobre rápida pendiente.

El gringo Burela, ansiosamente, divisó por última vez el cielo azul, el cerro, el valle de Lerma; se persignó despacio y tiró el chamberguito barranca abajo.

Con semblante afligido me estiró la puerca mano, en señal de despedida y prenda de gratitud.

Le hice un nudo corredizo en el pescuezo, pasé la piola por una horqueta, me colgué de la otra punta, y el gringo Burela, como por roldana, saltó al aire.

Lanzó un silbido ronco, sacó una cuarta de lengua, se le amorató la cara, se le desorbitaron los ojos, y, tras breve pataleo, pasó de ésta a la eterna vida.

Sereno, até yo la piola al tronco y me alejé del macabro espectáculo.

El ahorcado se balanceaba dulcemente suspendido en el vacío.