Luego me contó que él nunca había sentido ganas de trabajar, y que, sin saber cómo ni cómo no, se había vuelto borrachón y perdulario.

—No tengo casa en el pueblo—añadió.—Van dos meses que vivo aquí en el cerro. Duermo en la cueva del viejo, allí enfrente.

Hubo una pausa. Y sacando a brazadas una piola del bolsillo del pantalón:

—Estoy dispuesto a no sufrir más—me dijo, hablando con calma.—Ayer traje esta piola para ahorcarme...

Se puso de pie, vivamente excitado. Me miró de soslayo, y se sorbió un sollozo harto húmedo.

Era el mismo: petizo, brazos largos, piernas chuecas, manos sucias, uñas negras y crecidas.

—¡Cáspita!—exclamé.—¿Y porqué no te ahorcaste ayer?

—No quiero morir de noche,—contestó con melancolía.

Lanzó un suspiro, y declaró que le faltaba ánimo, aunque le sobraban deseos de acabar con sus días. Entonces, un pensamiento diabólico me rozó el cerebro, como una ala negra.

—Hombre—le dije.—Puesto que tu voluntad es morir, yo, amigo, te ayudaré, prestándote la energía ejecutiva que te falta. En efecto, no puedes hacer cosa mejor que ahorcarte. ¡Venga esa piola!