—¡Hola, Dávalos!—me dijo.—¿Qué andás haciendo?
Le observé, asombrado, de hito en hito, y ¡oh, prodigio! era el gringo Burela. Pude reconocerlo a través de una capa de roña que lo enmascaraba, en complicidad con unas barbas rubias en despatarro, y una cabellera exuberante y dura como copa de churqui, que irrumpía por un agujero apical del incoloro chamberguito.
Bajo el cachete derecho, hinchado como un túmulo, rotaba lentamente un monstruoso "acullico" de coca.
Dos ojillos verdes, de párpados enrojecidos por el insomnio y el vicio, se asomaban en el fondo de aquella cara patibularia.
Era mi amigo de la infancia, mi antiguo condiscípulo, mi camarada inseparable y vecino de barrio.
Con él hice las primeras rabonas de la escuela normal. Conocía él un escondrijo al pie del cerro, adonde jamás pudo llegar el ojo alerta de Caranchito, el regente, que desde la azotea espulgaba con un telescopio las arrugas del terreno en busca de alumnos vagos.
Con él, con ese gringo Burela, que estaba ahí, habíamos apedreado a los transeuntes escondiéndonos tras el parapeto en los tejados; con él le habíamos prendido fuego a un pobre gato empapado en aguardiente; con él azotábamos a los perros, atábamos a las viejas, manto con manto, en las procesiones; nos farsábamos de los opas que trotaban por la calle, y robábamos naranjas de los boliches; y con él un día concluyeron por fin mis relaciones, previa disputa por un trompo y un ladrillazo feroz que casi me rompe la cabeza.
—Yo voy allá arriba—le contesté.—Y tú, ¿qué te hacés ahora? ¿Qué te hacés aquí? ¿Por qué tienes esa facha?
Sin cesar de masticar su acullico, me respondió en tono cínico:
—Soy socio de Vago Hermanos y Cía...