Desde luego, se sabe que el estado eléctrico de la atmósfera cambia del día a la noche, y que estos cambios influyen directamente sobre el mundo orgánico, y hasta modifican el funcionamiento de ciertos aparatos.

Por una flagrante contradicción entre lo que hay en mí de razonador y científico, por una parte, y de instintivo y atávico por otra, nunca he logrado, a pesar de una larga cultura intelectual, sustraerme a la influencia inquietante de la noche.

Sin creerme un cobarde, ni ser un neurótico visionario, confieso que un panteón o un bosque desierto, a media noche, pesan en mi corazón con todas las angustias del presentimiento; y esa prodigiosa bóveda celeste que no acaba nunca sobre mi cabeza, me abisma en un horror increíble al vacío infinito y negro, en el cual, siempre que estoy solo de noche, y a cielo descubierto, tengo la sensación de caer y caer vertiginosamente, boca arriba.

¡Muchas veces se me han erizado los cabellos en tales momentos! ¡Y cuántas he sentido cerca de mí la presencia, en las tinieblas, de algo que no es alguien, pero que existe, que es! ¿Acaso la condensación de esas fuerzas?... ¿Acaso el espectro de las cosas?...

¡Qué sé yo!...

Y bien. Tenéis derecho de reir, vosotros, los sanos y los equilibrados. Me llamaréis loco; pero lo que os voy a contar es tan absolutamente cierto, que a fin de convenceros de mi veracidad, habré de confesaros toda la verdad, toda la triste verdad.

Yo me había enviciado en el whisky, y la coca... y esta circunstancia explica en parte el inusitado suceso de que fuí actor.

En aquella época de mis excesos alcohólicos, una noche, muy tarde, me fuí a dormir, impresionado con la muerte de un pariente que agonizara desde medio día.

(Tengo en mi cuarto un esqueleto, propiedad del colegio nacional, en el que suelo estudiar.)

En cuanto abrí la puerta de mi cuarto, (debo hacer constar que en casa no había nadie), tuve la sensación de la presencia de ese alguien... Con gran cuidado cerré la puerta y encendí prestamente un fósforo.