Al dar un paso hacia mi cama para encender la vela que estaba en el velador, vi que el esqueleto alzaba una mano y la asentaba sobre un libro; uno de los libros que había en la mesa junto a la cual estaba colgado el esqueleto.
Encendí la vela.
Al darme cuenta de todo eso, realicé un poderoso esfuerzo de voluntad para dominar el miedo que me ahogaba; y sereno, impasible, lógico, me propuse llevar el análisis del caso hasta el último límite.
Y pensé: puesto que el esqueleto se ha movido, sepamos por qué causa se ha movido.
Abrí el libro, sobre el cual se apoyaba la mano, que era la derecha, y leí el título: "El crimen y la locura", por A. Maudsley. Conocía yo la obra. Contiene historias de criminales y su estudio patológico. El autor es inglés. Se refiere a crímenes cometidos en Inglaterra y en Francia. El esqueleto era preparado en Francia. Tenía una placa: "Jules Talric, preparador". Sabido es que las prisiones suministran a estos industriales el material....
Durante mi ausencia, ¿habría estado leyendo el esqueleto, en el libro, quizá su propia biografía? Pues según los promedios antropométricos el esqueleto había pertenecido a un asesino.
Sin embargo, mirándole de cerca, me fué imposible descubrir signo alguno de vida en sus órbitas vacías, y comprobé que la caja torácica permanecía trasparente entre las costillas.
Luego, vigilándole siempre, anduve en cuatro pies, mirando debajo de los muebles, a fin de constatar si no sería algún gato el agente del hecho inexplicable.
Formulé la hipótesis de una corriente eléctrica que, imantando de golpe las articulaciones de hierro, hubiese determinado la contracción del brazo; pero mi incompetencia en física volvía inútil la teoría.
Otra vez me enfrenté al esqueleto. Yo sentía una desesperación rabiosa por investigar y aclarar el misterio; yo sentía que me estaba trastornando poco a poco el horrible misterio; y en un acceso violento, irresistible, lancé una descomunal carcajada que resonó por la casa desmantelada y oscura; y empujándole como a un péndulo, hice oscilar al esqueleto en su perno. Y el eco de mi risotada, y el seco chocar de los huesos, llevaron al paroxismo mi exaltación nerviosa. ¡Oh!... Cuándo estéis a media noche solo en vuestro cuarto, lanzad, si podéis, una carcajada, os lo ruego.