—¡O, yo te haré confesar la verdad o me matarás!—le grité al esqueleto.
Sí. Era preciso, era urgente, apurar todos los medios de prueba, pues iba de lo contrario a enloquecerme.
Con un ardor febril lo destornillé de su pedestal, lo vestí con un pantalón y un saco, lo senté de codos a la mesa, en mi propio sillón, y le acomodé mi revólver en la mano derecha, haciéndolo apuntar a la puerta, con el gatillo alzado, y el dedo índice sobre el resorte del gatillo.
Retrocedí un paso para contemplarlo.
Pero el miedo me venció. Y entonces, agazapándome, retrocediendo, vigilándolo siempre, agarrándome a la mesa para no caer, intenté de un salto ganar la puerta. ¡El esqueleto me apuntó y sonó un tiro!...
Aquella mañana me bajaron del tejado. Me había quedado cataléptico, abrazado a una chimenea.
LA COLA DE GATO
Don Roque Pérez es el hombre más flemático de Salta. Tiene cuarenta años. Hace veinte que está empleado en una oficina de la casa de gobierno. Es solterón, metódico, cumplidor y beato.